La campaña mediática psicológica contra el aborto
Imponer es un verbo con espinas. No hay forma de cogerlo sin acabar con una punzada. Por eso es el verbo que elige La Razón para su titular "La izquierda quiere imponer el turismo del aborto como un derecho reconocido". La frase, en realidad, no tiene sentido: los derechos no se pueden imponer, sino que se establecen, se garantizan o se promulgan y, a partir de ahí, cada uno elige libremente si lo ejerce... o no. Pero, claro, se trata de ensuciar la medida y se recurre a ese absurdo semántico para disparar el automatismo de la antipatía ante lo que se nos fuerza a hacer. Hay una corriente en la derecha mediática que busca perfilar la opción del aborto como una especie de frivolidad que la izquierda promociona de forma irresponsable y alegre. Se trata de pillar a las mujeres en un momento de trance y derribar sobre sus hombros una presión social inadmisible. Que la única voz que se incluya en la prenda sea la de una diputada de Vox que acapara ocho de los trece párrafos del artículo es doctrina pura, según la cual la maternidad es la llamada más elevada y natural para las mujeres. O la única posible.
Y, después, existe el uso perverso del concepto "turismo del aborto". Lo que busca la UE es que las mujeres que viven en países en los que se reprime esta práctica puedan ejercer su derecho a interrumpir el embarazo en algún otro lugar. Nadie aborta por gusto, y menos aún si debe hacerlo en el extranjero, huyendo de la presión y la represión. Venderlo como una frivolidad –"¡goza, ahora entre todos les pagaremos los Vuelings!"– desdibuja completamente el fondo de esta medida. Y supone sumarse a la estigmatización social del aborto que, en el fondo, va más allá del debate ético sobre cuándo comienza la vida porque el trasfondo es, sobre todo, reducir a las mujeres a su función reproductiva.