Un país de graciosos
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El miércoles es el día de la autoestima catalana en la parrilla de TV3. En prime time emite el concurso Soc i seré, que evalúa los conocimientos de catalanidad de los participantes, y, a continuación, emite País d’altura. El formato documental es una especie de Catalunya des de l’aire que ha evolucionado de acuerdo con los tiempos que corren. Ya no hace falta contratar un helicóptero para ver el país a vista de pájaro porque ahora tenemos los drones, que abaratan su coste. Hoy en día, ver el paisaje desde el cielo ya no nos sorprende tanto como hace treinta años porque la tecnología ha democratizado la posibilidad de observar el territorio como si fuéramos una entidad celestial. Tanto las series de ficción como los true-crimes y los documentales han generalizado este recurso visual para aportar espectacularidad. Siempre tiene un componente de fascinación, de mirada privilegiada. Ajustándose al título del programa, la imagen incluye pequeños rótulos en el paisaje que indican los metros de altura sobre el nivel del mar, un dato que provoca más indiferencia que curiosidad. Para romper el vuelo aéreo se incluyen entrevistas a personajes vinculados a la zona. La música de fondo es de publirreportaje barato y hay instantes en los que el montaje deja respirar poco la imagen y se fragmenta el paisaje con demasiada precipitación.El hecho diferencial de País d’altura es el guion. Si hace treinta años la voz del actor Jesús Ferrer se limitaba a hacer una descripción informativa con una épica moderada, ahora se ha incorporado el humor. El actor David Verdaguer es el encargado de leer un texto que le obliga a ser gracioso en cada comentario y, por supuesto, en primera persona del singular. Si las historias no se explican desde el yo ahora parece que ya no tengan valor. Mirarse el ombligo es la nueva proximidad. Ante un paisaje extraordinario, la entonación un punto fanfarrona de Verdaguer proclama: “Si yo viera esto desde el lavabo no miraría el móvil mientras voy de vientre”. Justo la imagen que necesitábamos imaginar. O cuando se sobrevuela los humedales del Ampurdán, nos aclara: “Son una de las principales zonas húmedas de Cataluña, junto con el delta del Ebro, el del Llobregat y la almohada de mi padre, que se le cae la baba cada siesta que tela”. Para destacar la belleza de la zona, la sentencia es contundente: “El Bajo Ampurdán y yo tenemos el mismo problema: somos muy atractivos”. Qué gracia. Somos un país de altura y de graciosos. El guion nos obsequia con chistes de nivel como “Joan de Serrallonga es el Robin Hood chungo” o “Se han hecho más tapones en la Selva que en la NBA”. El paisaje deja de ser el protagonista y quien conquista el territorio es este yo del narrador simpático. Es un aspecto muy sintomático de la televisión actual y el concepto que se tiene de la audiencia. Es esta tiranía del humor ante el terror a que todo resulte pesado o aburrido. Esta necesidad de amenizarlo todo con la tontería infantil como la única alternativa para que el espectador pueda tragarse el contenido.