La plataforma 3Cat ha estrenado dos nuevos episodios de los cortos documentales Punto de no retorno, de Raül Gallego. Ganadora de un Emmy internacional el año pasado, el primer capítulo de esta temporada, Europa: jóvenes y la marea de extrema derecha, nos transporta al núcleo de la ola ultra de la que se ha hablado tanto en los últimos años. Y aquí entra en juego el segundo capítulo: Europa: jóvenes y antifascistas, que se adentra en los movimientos juveniles que se han organizado para hacerle frente. La investigación de estas realidades va más allá de Cataluña y se lleva hasta España, Alemania, Francia, el Reino Unido y Bélgica para evidenciar unas circunstancias compartidas que se expanden progresivamente.
Como en las temporadas anteriores, la elección de los testimonios es el punto más fuerte del trabajo documental. Sobre todo por la capacidad de penetrar en grupúsculos muy cerrados y de establecer un diálogo muy claro con los protagonistas: una interlocución muy directa que permite sacar conclusiones a la audiencia. Ahora bien, es aconsejable que el primer episodio no lo veáis antes de ir a dormir, porque os sacará de quicio y os costará conciliar el sueño. “No soy franquista, ni muchísimo menos, pero sí reconozco lo que hizo Franco” es una de las frases del inicio que ya te anticipan todo lo que te encontrarás a continuación. Se produce un crescendo que provoca terror. Puede ser interesante, pero es muy desagradable y crispante. La cámara escruta la ultraderecha: el aspecto, la simbología, los términos que utiliza, los espacios que ocupa, las sedes donde se organiza. El documental entra en El Nido, la sede del grupo neonazi Núcleo Nacional. También accede a Hogar Social Madrid, una entidad de supuesta ayuda social con criterios xenófobos. Inevitablemente, pone caras reales al caldo de cultivo que muestra Salvador, la serie de ficción de Netflix protagonizada por Luis Tosar. Y, por lo tanto, viendo Punto de no retorno al espectador se le abren más interrogantes que no tienen respuesta: ¿quién los coordina? ¿De dónde sacan los recursos para mantenerse? ¿Quién los financia? ¿Quién mueve sus hilos? ¿Qué intereses políticos hay detrás? ¿Con qué esferas de poder están vinculados? La serie todavía tiene mucho recorrido para investigar. Al margen de unas cuestiones sociales y emocionales que puedan explicar el fenómeno, hay que destapar la telaraña que lo sustenta. Gallego escucha los posicionamientos de los interlocutores, pero ahora mismo entender sus motivaciones y sus pulsiones es quedarse corto, porque no se llega al verdadero meollo que perpetúa esta lacra.
Haber planteado simultáneamente el doble episodio con las temáticas fascismo/antifascismo puede causar cierta incomodidad al espectador, porque existe el riesgo de que se malinterpreten como dos fenómenos simétricos. Dos caras de la misma moneda observadas desde una equidistancia narrativa. Chirría un poco, pero una vez te adentras constatas que la narrativa no es neutra y explora ambos ámbitos desde miradas diferentes. Pero también se hace evidente cómo la ultraderecha y el fascismo son mucho más hábiles utilizando los mecanismos de polarización social para expandirse.