'MasterChef': 'striptease' a cambio de ingredientes

En el Masterchef Celebrity Legends del lunes en La 1 plantearon un reto insólito en la prueba de repostería final. Los concursantes debían preparar un postre selecto con una dificultad añadida: como los seis concursantes no disponían de todos los productos ni de los electrodomésticos que necesitaban para hacer el plato, debían desnudarse para conseguirlos. Tenían que jugar al strip poker con unas cartas que servían para intercambiar ingredientes por las prendas de ropa que llevaban puestas. Si no lo hacían, debían conformarse con sucedáneos del supermercado que no garantizaban el éxito de la receta. Santiago Segura se quitó incluso los calzoncillos, y se tapó solo con el delantal. Paz Vega, después de dar los zapatos, los calcetines y los pantalones, entregó también las bragas y los sujetadores. Nadie enseñó el cuerpo desnudo, pero se explotaba la idea de tener que exponerse para completar la prueba con éxito. Es un escándalo que una televisión pública tolere que el cuerpo se convierta en moneda de cambio. Se vulnera la intimidad de los participantes en beneficio del espectáculo, con unas normas que no se ajustan a las dinámicas propias de un espacio gastronómico.

Una de las concursantes, la cantante Ruth Lorenzo, optó por no entrar en el juego de una manera discreta. Jugó sus cartas, pero nunca cedió al intercambio de ropa por ingredientes. Ni siquiera con los zapatos. En vez de harina de trigo se conformó con harina de arroz y utilizó albaricoques en lugar de melocotones. La receta no salió. Tras la prueba, fue la concursante eliminada. “¡Qué sorpresa!”, ironizó la concursante. En el vídeo de despedida, con una sonrisa dijo: “No me arrepiento de no haber conseguido ni la harina ni el melocotón. Al final nosotros tenemos que ser fieles a nosotros mismos”. Como espectador, te queda la duda de si se elimina al concursante que hace el plato menos logrado o si despiden al participante que no comulga con el espectáculo que imponen. 

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MasterChef es un concurso que ha utilizado la disciplina militar y el autoritarismo que siempre han rodeado el mundo de la restauración como un sistema para poner a prueba no la competitividad sino la dignidad de los participantes. Humillaron a una concursante que renunció a continuar con las dinámicas tóxicas del juego; llevaron al límite a la actriz Verónica Forqué, que sufría graves problemas de salud mental, y toleraron las imitaciones que destilaban homofobia del humorista Florentino Fernández. También obligaron a una concursante a cocinar carne de caballo a pesar de que ella, antes de empezar aquel programa, había dejado claro que no lo haría porque trabajaba con estos animales con finalidad terapéutica. Más allá de la rivalidad propia de un concurso televisivo, existe la voluntad de poner a prueba la dignidad personal de los concursantes. Exploran hasta dónde están dispuestos a rebajarse, a subyugarse a las órdenes. Un programa sin principios que obliga a los participantes a perder los suyos.