Nueva dosis sórdida de Michael Jackson

Michael Jackson murió en junio de 2009. Pero antes incluso de su muerte, en los últimos veinte años, cada cierto tiempo llega una nueva dosis audiovisual que recupera las circunstancias más sórdidas de su existencia. Netflix ha añadido al repertorio una miniserie documental que pretende analizar el juicio por abusos sexuales que se celebró contra él en 2005. En aquel juicio se prohibieron las cámaras. Y ahora Michael Jackson: El veredicto recoge el máximo de testimonios posibles para explicar las circunstancias que rodearon el proceso judicial y las razones que acabaron con la sentencia de no culpable. La producción parece una manera de compensar el reciente Michael, el exitoso biopic cinematográfico que se ha recreado explicando unos traumas de infancia para justificar cualquier circunstancia extraña que envolviera su vida.El veredicto engancha, pero no porque haga una investigación relevante ni aporte ninguna novedad al caso. La serie atrapa porque la vida turbadora y decadente del rey del pop es inevitable que provoque un efecto hipnótico en cualquier persona mínimamente sensible. No hace falta que el material sea inédito. Todo es tan turbio y grotesco que incluso viendo las imágenes que ya hemos visto en el pasado vuelve a provocar fascinación. La miniserie recupera el testimonio de Martin Bashir, el periodista de la BBC que grabó el famoso documental Living with Michael Jackson, que puso al descubierto la vida delirante y frívola del cantante. Bashir, el hombre que engañó a Lady Di con una entrevista en su casa, consiguió destapar los indicios de abusos sexuales que más tarde denunció Gavin Arvizo, el adolescente enfermo de cáncer que Jackson invitaba a dormir a su cama desde que era pequeño. El veredicto recupera imágenes de archivo de aquella producción y las grabaciones policiales del registro de Neverland. La serie busca una aparente equidad incluyendo la versión de los abogados de la defensa de Jackson y la voz de los fiscales del caso. De hecho, el documental recupera tantos testimonios como puede: amigos del cantante, personal del servicio, trabajadores de Neverland, miembros del jurado del juicio, policías que llevaron el caso y periodistas que dedicaron años a investigar al artista para exprimir todo el jugo posible de los hechos. No es mucho porque la historia ya se ha explicado tantas veces y se le ha dado tantas vueltas que no acaba de avanzar. En ningún caso supera aquel Leaving Neverland, de Dan Reed. En el futuro, o aparecen nuevas pruebas o acabas teniendo la sensación de que el poder económico siempre ha conseguido ocultar algo que parece obvio pero que no acaba de emerger. Solo hay un pequeño hecho diferencial cuando te vuelven a explicar este caso: cuantos más años nos separan de la muerte del artista, más te das cuenta de cómo se llegó a normalizar el aspecto inquietante y destruido del personaje y su vida turbadora. Visto ahora, es incomprensible. Michael Jackson se murió en el momento justo para que los estándares sociales actuales y la evolución en los derechos de las víctimas y el consentimiento no lo acabaran de triturar.