Ópera para todos: unas cuantas virtudes y un misterio
La noche del lunes, La 1 estrenó Aria, locos por la ópera, uno Operación Triunfo pero adaptado a la lírica. El talent show tiene una estructura más modesta en lo que se refiere al engranaje, pero esto le da un aire más repuesto y exclusivo. De hecho, éste es un factor determinante para el formato: transmite al espectador la idea de que está accediendo a un espectáculo más elevado de lo que puede encontrarse habitualmente en televisión. Lo justifican con la divulgación musical. Hay un esfuerzo constante por explicar a la audiencia que la ópera, a pesar de parecer un género para conocedores, es asequible y puede emocionar a todo el mundo. El divulgador Mario Marzo, además, se encarga de señalar las banderas rojas de determinadas tramas y personajes que representan al machismo más atroz de la lírica. A las dinámicas relacionales hay que añadir las sobredosis de azúcar y confitería emocional que estos espectáculos requieren. Como el mundo de la ópera tiene ya cierta tendencia al amaneramiento de las formas, le queda todo muy propio. Los tres miembros del jurado exhiben una delicadeza y sensibilidad en el trato que convierten al veredicto final de hacer rodar cabezas en un arte refistolado y magnánimo.
El decorado es majestuoso, con los tonos azulados y dorados de los platós solemnes. La disposición recuerda a los auditorios elegantes. Ayuda la presencia de Franz Schubert Filharmonia, dirigida por el maestro Tomàs Grau. La cantante y compositora Ruth Lorenzo ejerce de presentadora con comodidad y solvencia.
Los cinco primeros concursantes amateurs (dos tenores, una soprano, una mezzosoprano y un contralto) interpretaron con muy buena voluntad arias muy populares: elHabanera de Carmen de Bizet, La donna è mobile del Rigoletto de Verdi, el vals de la Musetta Cuando me vo de La Bohème, el famosísimo lamento Lascia ch'io pianga del Rinaldo de Händel y, por supuesto, no faltó el don de pecho final del Nessun duerme de Puccini, con un "vincieromejor intencionado que poderoso. Las puestas en escena fueron tan discretas como simbólicas y con alguna licencia pedagógica excesiva que hacía levantar las cejas: hacer cantar a la Musetta abrazada a una barra de stripper es de esas propuestas que quizá haría silbar a los abonados del Liceu. El sistema de eliminación final es tan austero como cruel. Los dos nominados deben volver a cantar su aria sin acompañamiento musical, a capella. Por suerte, sólo fueron treinta segundos.
Aria, locos por la ópera esconde un misterio que, en realidad, es una chapuza. Hay un cuarto miembro del jurado secreto e invisible. Una voz interviene desde las alturas a través de un haz de luz, como si fuese Dios, y hace los veredictos finales. El programa asegura que se trata de una autoridad mundial de la lírica. La estrategia es muy rara: resta autoridad al jurado presente y, además, sus intervenciones misteriosas parecen redactadas por el ChatGPT. Es obvio que se trata de una pantomima para disimular razones de agenda y crear expectativa, pero la idea es inquietante: ¿por qué una prestigiosa figura internacional de la ópera necesitaría esconderse tras una cortina?