Cómo TikTok está cambiando el mundo

Odio los vídeos de perritos. No es que no me gusten los perros, los adoro. Pero odio los vídeos. Por una razón simple: esos vídeos consiguen que el mundo sea peor. No me creerá, pero voy a intentar demostrárselo en esta diminuta columna.

Cuando iba al instituto, tenía un profesor que propugnaba que la única forma de hacerse una idea real de la actualidad, era leer todos los periódicos, los de derechas, los de izquierdas y los del centro. Ahora eso es imposible, la información nos llega siempre sesgada por un algoritmo. Nuestra forma de interactuar con el algoritmo corrompe la información a la que vamos a tener acceso. Él busca aquello que ya sabe que nos va a interesar y así se producen las llamadas burbujas informativas o cámaras de eco. Solo recibimos noticias, opiniones y tuits afines a nuestra ideología o grupo sociales. Nos ofrecen un mundo hecho a medida y nosotros creemos que es la realidad. Esas burbujas digitales son un factor determinante para el extremismo, para el odio al otro, para ver la política como un partido de fútbol

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Pero si esto ya nos parecía malo, lo que nadie sospechaba es que la cosa se podía poner peor, mucho peor. Y todo por unos vídeos de perritos.

Desde hace años TikTok está penetrando en las generaciones más jóvenes y lo ha hecho con un diseño de algoritmo que rompe con todo lo anterior. No busca crear esas burbujas comunicativas, al contrario, busca vídeos que pueda penetrar en todas los grupos, da igual las orientaciones políticas, culturales o nacionales. Promociona el contenido blanco, aquello que no se mete en ninguna polémica, aquello que puede poner de acuerdo a rojos y a azules, a ellos y a nosotros. Si ha entrado alguna vez en la app china, se habrá dado cuenta de que, aunque no le gusten, habitualmente el algoritmo le ofrece animalitos monos, vídeos graciosos y gente bailando.

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Esto suena maravilloso, todos por fin de acuerdo y si­n problemas. Pero el problema viene ahí, que no hay problemas. Si puede generar problemas, mejor cerrar los ojos. Olvidemos la crítica, el debate y la duda porque mira qué monos son esos perritos. Es decir, sustituyamos lo complejo por lo superficial.

Y así, la desinformación gana. No por tácticas oscuras, simplemente porque nos acostumbramos a no acceder a ella. Quizá sea la hora de enseñar a las nuevas generaciones que tener toda la información a mano, no significa nada si no existe para ellos. Porque no se pueden leer todos los periódicos, si no sabes dónde comprarlos.