Rosalía en concierto en el Movistar Arena de Madrid.
13/04/2026
Jefe de Media
2 min

El periodismo deportivo se ha complicado porque las grandes estrellas ahora viven acuarteladas y es mucho más difícil tener acceso a ellas. Con la cultura, pasa lo mismo: cada vez más los grandes conciertos internacionales imponen restricciones más férreas al acceso de fotoperiodistas. El caso de Rosalía es paradigmático. En La Vanguardia, la crónica de su concierto en Madrid era una fotografía de móvil del redactor. Llenaba el hueco destinado a la imagen, claro, pero no tenía el estándar de calidad de un retrato hecho con cámara profesional y desde el foso, a pocos metros de la acción. Una fotoperiodista que había trabajado para el medio se quejaba del intrusismo, pero –aunque tenía razón en el fondo– también es cierto que la primera obligación es con el lector, que no entendería una crónica a página completa sin fotografía del acontecimiento (a menos que, como acto de protesta, los medios en bloque quedaran de acuerdo en publicar un recuadro en negro, con un breve texto explicativo). En El Periódico optaron por publicar una instantánea pasada de los Brit Awards, que no tenía nada que ver con el concierto. En la web de ARA, la crónica del concierto de Lyon mostraba una foto hecha por el autor de la crónica entre las doce de la noche y las dos de la madrugada, que fue la hora en que Live Nation se dignó a servir las imágenes oficiales (también una mala solución, porque va en contra del principio básico de ser tú quien elijas la fotografía que mejor representa aquel show).

Desde fuera, puede parecer un tema poco trascendente si la imagen la ha captado un fotógrafo de su equipo y sale así o asá: seguro que es una estampa estupenda. Pero está en juego el hecho de permitir la mirada ajena, es decir, el periodismo. Y extraña que sean artistas –a menudo envueltos en conceptualizaciones elaboradas y una pátina de moralidad para vender el pescado– quienes permitan este bloqueo antipático, homogeneizador e insolidario.

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