Un instante de 'Signos de los tiempos'.
Periodista y crítica de televisión
2 min

Este año, el programa Signes dels temps de TV3 celebra sus cuarenta años de emisión. Se emite los domingos por la mañana y profundiza en la actualidad social y pastoral de la Iglesia católica. El título hace referencia a una expresión del Concilio Vaticano II sobre el deber de la Iglesia de estar atenta a los cambios y las evoluciones de la sociedad. Quizás estaría bien que también fuera TV3 quien estuviera atenta a la evolución de la parrilla, porque, valga la redundancia, esta franja ha quedado un poco dejada de la mano de Dios. Hay que decir que Signes dels temps es formalmente correcto con Montserrat Esteve al frente. Hay un cierto esfuerzo por darle una pátina de conexión con la realidad social. Los contenidos se ajustan al objetivo del programa, y está hecho con cuidado y profesionalidad. Hay que destacar el trabajo de postproducción para darle una relativa modernidad visual. Seguro que satisfará las expectativas de la Conferencia Episcopal, pero esta centralidad del catolicismo y un enfoque con un estilo tan propio del catecismo no se ajustan mucho a la función de una televisión pública.

El mundo es cada vez más plural. Conviviven diferentes fes, las creencias son cada vez más híbridas y los no creyentes tienen formas más activas de expresarse espiritualmente. La fe se está desvinculando de las instituciones y hay prácticas que tienden a la individualización. Hay que tener presente que la Iglesia católica ha ido perdiendo su autoridad moral. Malauradamente, la religión todavía se utiliza como un pretexto para justificar la conflictividad social y política. Pero el programa parece ajeno a esta complejidad, y si lo menciona es desde aquel voluntarismo del “si Dios quiere”.

No es que la televisión pública no pueda hablar de religión, de fe o de espiritualidad. El problema es que a Signes dels temps se habla de ella como si solo se pudiera hablar de una manera. La religión se mantiene como forma cultural y ritual, y no se puede obviar. Pero quizá se debería afrontar todo este tipo de reflexiones desde una perspectiva más cercana a la filosofía, como un espacio más abierto de formulación de preguntas, con una mirada más crítica y donde las formas de pensamiento no partan necesariamente de la religión y de esta manera tan reverencial con las instituciones. No hay disidencia. Todo parece enfocado a reforzar la jerarquía eclesiástica. En el tono y en el tipo de discurso estamos más cerca de la catequesis que de un relato contemporáneo sobre creencias y espiritualidad. Que si el monasterio de Poblet y el vínculo con los monjes, las conversaciones con monjas benedictinas, las tareas de los misioneros... La sociedad ha cambiado mucho su relación con la fe y la religión ya no ocupa el mismo lugar de autoridad, pero el programa continúa hablando de ella como si fuera así, y puede acabar resultando muy alienante para la audiencia.

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