Oliver A. Ryder: "Conocí a Najin cuando tenía una semana de vida. Hoy es el rinoceronte blanco del norte vivo más viejo del planeta"

Director de genética de la conservación del Zoo de San Diego

7 min
Oliver A. Ryder en el Museo de ciencias naturales.
07/11/2026 - 08:09 h

Oliver A. Ryder, genetista y conservacionista estadounidense, ha dedicado cerca de cincuenta años a investigar cómo la biología molecular puede ayudar a preservar las especies animales amenazadas. Director de genética de la conservación del Zoo de San Diego (California, Estados Unidos) y copresidente del grupo de especialistas en biobancos animales de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, es uno de los impulsores del Frozen Zoo, una colección de miles de muestras celulares animales que es, asegura, un “seguro genético” para la Tierra.Por su trabajo, que une esfuerzos tradicionales con la tecnología más puntera –y que ha sido clave en los esfuerzos por conservar especies icónicas como el rinoceronte blanco del norte, el caballo de Przewalski y el cóndor de California–, acaba de ganar el noveno premio Nat 2026, concedido por el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona.

Existen más de 7,7 millones de especies animales, más del 20% de las cuales está en peligro de extinción.

— Casi todas las naciones han firmado el Convenio sobre la Diversidad Biológica, excepto el Vaticano y los Estados Unidos, y, a pesar del compromiso global para reducir las extinciones, la pérdida de biodiversidad se acelera. Existe buena voluntad colectiva hacia la naturaleza y la fauna salvaje, pero, al mismo tiempo, los humanos seguimos contribuyendo a la desaparición de especies. La tasa de extinción supera de mucho la natural, y todavía es más alarmante la disminución del número de individuos de muchas especies. Esto representa una pérdida de capital genético, la diversidad que les da resiliencia y capacidad de adaptación.

¿Por qué se extinguen?

— Una de las causas principales es la emergencia climática, fruto de siglos de combustión de los combustibles fósiles. El hecho de que estas fuentes de energía nos hayan permitido lograr tanto progreso económico hace que abordar el problema sea un reto global. Estamos en un momento único de la historia de la vida: una sola especie domina las actividades de todo un planeta y, a la vez, nunca habíamos dispuesto de tantos conocimientos para intervenir en él.

Usted trabaja para conservar el material genético de especies en peligro de extinción. ¿Nos permitirá salvarlas o ayudarlas a adaptarse a la emergencia climática?

— No tenemos una idea completa de todo lo que podemos llegar a hacer, pero sabemos que hay posibilidades importantes. Hace unos setenta años que podemos extraer muestras de animales, hacer crecer las células fuera del cuerpo, criopreservarlas y recuperar su función después de descongelarlas. Y podemos hacerlo incluso después de que el individuo haya muerto o que una especie se haya extinguido. En los 3.800 millones de años de historia de la vida en la Tierra, es un hito extraordinario. Lo hacemos en biobancos. En Barcelona, Tomàs Marquès Bonet [Icrea y catedrático en la UPF] empezó uno hace cinco años, el CryoZoo. Es muy importante entender que hay que hacer este esfuerzo, porque dentro de cinco años no tendremos más biodiversidad para muestrear que la que tenemos ahora. Si no conservamos este material, las generaciones futuras no tendrán opción de utilizarlo.

¿Qué aplicaciones tendrá este material biológico?

— Una de las cosas que facilita la conservación de muestras biológicas es la investigación en genómica, que es uno de los grandes avances de la historia de la biología, tan importante como lo fue el microscopio o, en astronomía, el telescopio, porque permite una manera completamente nueva de mirar el mundo. Con la información que nos aporta podemos evaluar la vulnerabilidad de las especies, reconstruir su historia y estudiar sus enfermedades.

En el zoo de San Diego se conservan células de miles de especies en el Frozen Zoo, un proyecto pionero que nació hace 50 años.

— Lo desarrolló mi mentor, el doctor Kurt Benirschke, que comenzó a congelar células vivas de algunas especies con nitrógeno líquido con el objetivo de estudiar los cromosomas de diversos animales para entender las diferencias entre especies, la reproducción y la evolución. Aquellas células se podían congelar, descongelar y volver a hacer crecer. Unos cuantos investigadores nos implicamos en ello con la idea de explorar qué otras aplicaciones podía tener aquel material. Esto coincidía con los inicios de la biología de la conservación, que es una disciplina de crisis: debemos encontrar maneras de salvar a los animales hasta que los humanos tengamos un impacto menor sobre el planeta.

¿Y lo tendremos?

— Se prevé que la población humana disminuya. Quizás de aquí a cien o doscientos años habrá más hábitats disponibles para los animales. La cuestión es cómo podemos construir un puente hacia este futuro. Y una de las maneras es mantener poblaciones gestionadas, como las que tenemos en los zoológicos de San Diego y de Europa, y conservar la riqueza genética en los biobancos.

¿Qué habéis hecho con este material de momento?

— Para empezar, descubrimientos inesperados. Por ejemplo, durante mucho tiempo se pensó que todas las ginetas, un animal africano, formaban parte de una sola especie distribuida por Sudáfrica y el África oriental. Pero, cuando estudiamos sus cromosomas a partir de muestras conservadas en el Frozen Zoo, descubrimos que los ejemplares de las dos regiones tenían números cromosómicos diferentes. En gorilas pudimos estudiar la divergencia genética y las relaciones evolutivas. Y se podrían hacer muchos más estudios si se tuvieran más muestras. Sería especialmente útil para los países comprometidos con la conservación de su biodiversidad, porque les permitiría conocerla y describirla.

Oliver Ryder

Gracias al material del Frozen Zoo también habéis clonado caballos de Przewalski.

— Habíamos identificado un macho que era especialmente valioso para preservar la diversidad genética de la especie. Sabíamos gestionar los cruces para reducir su pérdida, pero solo podíamos utilizar animales vivos. Así que nos preguntamos si las células que teníamos en el Frozen Zoo pertenecían a animales que también podían reproducirse. Y hemos conseguido hacer dos copias de aquel macho.

¿Hay dos caballos vivos clonados, como la oveja Dolly?

— Exactamente. Los visité hace diez días. El más grande ya produce esperma y pronto lo pondremos con hembras, de modo que podremos recuperar una variación genética que se había perdido. Estamos intentando hacer lo mismo con el rinoceronte blanco del norte, uno de los mamíferos terrestres más grandes que la caza furtiva masiva ha llevado al borde de la extinción funcional: solo quedan dos hembras, madre e hija. ¿Me permite contarle una historia personal?

Adelante.

— En 1989 viajé con mi mujer y mis hijos pequeños, de 7 y 10 años, a Checoslovaquia, cuando todavía existía y formaba parte del bloque soviético. Había ejército soviético por las calles. Allí estaba el único zoo del mundo que había conseguido reproducir con éxito rinocerontes blancos del norte (Ceratotherium simum cottoni), una de las dos subespecies de rinoceronte blanco. Fui allí para estudiarlos y me quedé un mes. Justo antes de marcharme, nos avisaron de que había nacido un rinoceronte. Fuimos a verlo, y allí estaba la cría con su madre. Ya sabéis lo inmensos que son estos animales, y la cría era, en comparación, minúscula. A madre e hija las separaban unas columnas de acero grueso del resto de rinocerontes, unos seis, que miraban a aquella pequeña cría con una curiosidad y una delicadeza extraordinarias. Aquello me causó una impresión enorme. Aquella cría es hoy el rinoceronte blanco del norte vivo más viejo del planeta. Se llama Najin. La vi cuando tenía una semana de vida y este año la he visitado en Kenia.

¿La reintrodujeron?

— No exactamente, porque no era el lugar de donde provenía originalmente, pero la trasladaron a África con la esperanza de que cambiara algo. Lamentablemente, no ha sido así. Y ahora Najin es demasiado mayor para reproducirse. En estos 37 años desde que la conocí, he ido recolectando células de esta subespecie y estudiando su genética mientras la población desaparecía. Ahora desde el Zoo de San Diego, junto con investigadores del IZW de Berlín, estamos trabajando para intentar revertir la situación. Tenemos doce cultivos celulares de esta especie que nos proporcionan acceso a la diversidad genética disponible. Ya hemos conseguido crear células madre pluripotentes inducidas a partir de muestras de diez u once individuos y hemos demostrado que se pueden convertir en otros tejidos, como por ejemplo células musculares del corazón. Nuestro objetivo es generar embriones in vitro y transferirlos a rinocerontes blancos del sur, una especie de la que todavía hay miles de ejemplares.

Si no eliminamos las amenazas que sufren estos animales, ¿qué sentido tiene recuperarlos?

— El objetivo no es simplemente crear un animal para demostrar lo buenos que somos, sino para que los rinocerontes vuelvan a vivir en sus hábitats.

Pero estos hábitats no son seguros.

— Esto no significa que nos debamos rendir. Las poblaciones de otras especies de rinocerontes están creciendo porque algunos países los han protegido. En Kenia, por ejemplo, los programas de santuarios han permitido salvarlos: en 1990 solo quedaban unos 300 o 380 rinocerontes negros en el país. Ahora hay entre 1.000 y 2.000.

Es una buena noticia.

— Sí, pero necesitan más espacio. Este es un reto que hay que abordar con las comunidades locales y con una buena planificación de los proyectos de conservación.

¿Dónde están los límites éticos? ¿Hasta dónde podemos llegar para evitar que una especie se extinga o recuperar una que ya ha desaparecido, como por ejemplo los mamuts?

— ¿Quién se beneficiará de estos proyectos de supuesta desextinción? La naturaleza no. El argumento de que recuperar mamuts permitiría aumentar la captura de carbono y preservar el permafrost en Siberia no tiene mucho sentido. Harían falta decenas de miles de animales. Además, no puedes simplemente producir un mamut: tendría que gestarse en una madre subrogada, que tendría que ser un elefante asiático, una especie amenazada. Estarías desviando sus esfuerzos reproductivos para crear un animal adaptado al frío que, en realidad, no sería un mamut, sino una especie de facsímil.

¿Modificaremos genéticamente especies para adaptarlas a la emergencia climática?

— Se habla mucho de ello, pero no sé hasta qué punto será fácil hacerlo. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la organización de conservación más grande del mundo, lleva doce años debatiendo esta cuestión. El año pasado, en el Congreso Mundial de la Naturaleza de Abu Dabi, se aprobó una resolución sobre biología sintética que establece que, a pesar de que estas tecnologías pueden ser muy útiles, también pueden ser muy perjudiciales. Por eso hay que evaluarlas con mucho cuidado, con la participación de todas las personas y las poblaciones potencialmente afectadas, incluidas las comunidades humanas y los defensores de los animales. Y hay que hacerlo caso por caso.

Cada vez tenemos más capacidad para manipular la naturaleza.

— Y la gran cuestión ética es qué tipo de naturaleza queremos. Si preferimos tener perros, gatos y vacas modificados genéticamente, gatos con rayas de tigre y animales de diseño, ¿cómo será la naturaleza del futuro? La cuestión fundamental es cómo nos vemos a nosotros mismos. ¿Consideramos la naturaleza algo que existe para nuestro placer? ¿O entendemos que no estamos separados de la naturaleza, sino que estamos conectados a ella y que nuestro futuro depende de su futuro? En el fondo, se trata de entender qué lugar ocupamos en el gran conjunto de la vida. Con todo lo que ocurre en el mundo —el cambio climático, la pérdida de especies, los conflictos sociales—, ¿qué podemos hacer por la vida? ¿Qué podemos hacer para beneficiar el futuro?

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