Conservación

Persiguiendo lobos y osos en Cataluña: así los rastrean los expertos

El retorno del lobo y la recuperación del oso plantean un nuevo reto al territorio: hacer compatible la biodiversidad con la vida y la ganadería en el mundo rural

27/09/2026 - 08:02 h.

Para encontrar a un lobo hay que aprender a mirar el paisaje con ojos de lobo. Gabriel Lampreave lo sabe bien. Lleva 25 años siguiendo el rastro de este cánido en Cataluña. Es como buscar una aguja en un pajar: estos animales huidizos se desplazan por vastas distancias en poco tiempo. “Hay que aprender a leer el territorio”, explica con humildad este agente rural, encargado de coordinar el seguimiento de los dos grandes depredadores que tenemos, el oso pardo y el lobo.

“Con los años he ido captando que hay lugares que estos animales utilizan más que otros, pasos naturales, zonas por donde es más probable que atraviesen”, añade. Y es allí donde registra en busca de indicios.

Hoy estamos al sur de Solsona, unos cuantos kilómetros después de pasar Pinós. El termómetro se encarama hacia los 40 grados. El paisaje es bellísimo, suave y ondulado, muy árido, salpicado de casas de campo centenarias que revelan el carácter agrario de la comarca. En absoluto recuerda al escenario donde el imaginario colectivo situaría a un lobo. Ante nuestra sorpresa, Lampreave explica que “son animales muy plásticos, capaces de vivir en todas partes, a nivel del mar, de alta montaña o en paisajes como este”.

Después de escrutar con detenimiento el terreno, el agente rural saca de la mochila una cámara de fototrampeo y empieza a caminar entre encinas, pinos blancos y alguna pinaza hasta llegar a un punto concreto. Con la ayuda de su compañero, Emili Casals, la monta en el tronco de un árbol. Después la camuflan con ramas y hojas. A ojos ignorantes en etología lobuna, aquel punto no parece tener nada de especial.

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“En alta montaña acostumbra a ser más fácil pillarlos porque hay lugares que son pasos más obligados, pero en un terreno como este es prácticamente imposible, porque puede pasar por todas partes”, advierte Lampreave. Si en unos meses la cámara no capta nada, lo volverán a probar en otro lugar. Porque si algo han aprendido de seguir a este cánido es que hace falta paciencia: tardaron cerca de un año en poder confirmar la presencia del individuo que se mueve por esta comarca. Durante este tiempo hubo observaciones dudosas e indicios que no permitían asegurar que realmente hubiera un lobo. Hasta que finalmente un excremento dio la respuesta.

El análisis genético confirmó su presencia. Y en ello ha sido clave el laboratorio de Natàlia Sastre, especialista en fauna salvaje del Servicio Veterinario de Genética Molecular de laUniversidad Autónoma de Barcelona (UAB), que ha desarrollado una metodología para extraer ADN del lobo –y también del oso– a partir de muestras de excrementos, así como de pelo, orina y sangre recogidas en el territorio. "En el caso del lobo lo hacemos desde el 2003, y en el del oso, desde el 2005. Podemos identificar a los animales sin tener que capturarlos", explica Sastre.

En cuanto al lobo, esta información es especialmente valiosa porque muchos de los ejemplares que llegan a Cataluña son solitarios y difíciles de localizar. A menudo el primer indicio es un ataque al ganado y las muestras de excrementos son esenciales para discriminar si ha sido el autor y de qué individuo se trata.

Además, permiten estudiar su dieta y obtener evidencias sobre qué comen realmente los animales. "Los lobos sobre todo comen ungulados, especialmente corzos; también gamos, rebecos, ciervos, jabalí. En alguna muestra hemos encontrado restos de ovejas", apunta Lampreave.

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En esta identificación de los dos grandes depredadores hay otro animal que tiene un papel crucial: Trill, una pastor belga juguetona que corre veloz a atrapar las ramitas que le lanza el agente rural Emili Casals, del grupo especial canino GK9. Ha sido él quien la ha adiestrado y hoy esta perra es capaz de discernir con precisión si un excremento pertenece a un oso o a un lobo. Esta habilidad permite a los agentes decidir en el campo qué muestras deben recoger y enviar al laboratorio de Sastre para que haga el análisis genético. De aquí a poco se sumará otro perro, Burri, un cachorro de Springer "pura dinamita" que Lampreave está terminando de adiestrar.

Ante la expectación y la emoción de quien escribe por la posibilidad de ver un lobo, los agentes rurales nos bajan rápidamente los humos: imposible. El principal enemigo de este carnívoro es el ser humano, nos explican. “Los hemos cazado y perseguido durante siglos y eso lo tienen grabado en el ADN. Huyen solo con intuirnos. No te los cruzarás en una excursión por la montaña”. Tendremos que contentarnos, pues, con las imágenes captadas por las cámaras trampa de los agentes.

El retorno de una especie desaparecida

El lobo que corre por Solsona no ha sido reintroducido, sino que ha venido solo. Como el resto de los Canis lupus presentes ahora en territorio catalán, también es de estirpe italiana y no ibérica. El primero que llegó procedente de Francia se detectó en Cataluña en el año 2000, después de cerca de un siglo desaparecidos del país. “Un excursionista en el parque del Cadí-Moixeró nos alertó, pero hasta 2003 no pudimos confirmarlo oficialmente –relata Lampreave–. ¡Era como buscar un fantasma!”, recuerda.

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Durante las primeras décadas del siglo XX se cazaba, se mataba y se envenenaba. Hacerlo incluso era premiado por la administración, que lo consideraba una "alimaña". Esto redujo drásticamente el número de ejemplares hasta llevarlo a la extinción. A este proceso se sumó un cambio en el paisaje, con un descenso de las especies de herbívoros de las que se alimenta, principalmente ungulados. "No sabemos con certeza cuándo desaparece, pero a partir de la década de los 50 se considera que ya no hay lobos en Cataluña", señala Lampreave.

En el Estado la situación era similar, aunque quedaron algunos ejemplares arrinconados al norte del Duero. Fue gracias al popular divulgador Félix Rodríguez de la Fuente que la especie pasó a ser catalogada como cinegética en los años 70, lo que frenó un poco su exterminio al regular su caza. También contribuyó a poner en valor a este animal dentro de la biodiversidad peninsular. Aun así, hasta 2021 no se prohibió su caza en todo el Estado. En Cataluña, un año más tarde, el lobo se incorporó al catálogo de fauna salvaje autóctona amenazada como "especie en peligro de extinción".

Ahora mismo hay constancia de la presencia de este mamífero en la mitad norte del país, aunque cada año varían los lugares donde se localiza. En 2024 los Agentes Rurales detectaron una pareja de macho y hembra que se movían juntos. Meses después, el seguimiento permitió confirmar la primera camada en un siglo: habían tenido tres crías en un área a caballo entre la Alta Garrotxa y el Alt Empordà. A falta de saber si esta pareja se ha vuelto a reproducir, “en 2026 estaríamos hablando de unos 16 o 17 lobos seguros en Cataluña”, destaca Lampreave, para quien, como ocurre con las piezas de un rompecabezas, los lobos son un elemento fundamental de la naturaleza.

“Son parte de la biodiversidad, absolutamente necesarios”, reclama Sastre, que califica a los lobos como “los animales más listos del planeta”. También son unos controladores excepcionales de poblaciones de herbívoros. El ejemplo más cercano es Francia, donde en la región de los Alpes Marítimos la presencia de estos carnívoros ha hecho disminuir la sobreabundancia de ungulados. “El lobo contribuye al control de poblaciones de forma directa, porque se los comen; e indirecta, a través de la ecología del miedo”, apunta Lampreave, que explica que “en presencia de depredadores, los ungulados no comen ni se reproducen tanto”, lo que contribuye a evitar que poblaciones como las de jabalí se descontrolen.

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Hacer posible la convivencia

Jaume Puigpelat nunca había visto un lobo. Ni tampoco su padre ni su abuelo. Por eso, cuando su familia, ganadera, encontró las primeras ovejas muertas, fue la última hipótesis que consideraron. "Más bien pensamos que habían sido perros, domésticos o salvajes, porque en la zona había habido ataques así antes", explica.

Después otros ganaderos de la zona sufrieron ataques y en uno se encontraron excrementos al lado de una oveja muerta, que los agentes rurales enviaron al laboratorio de Sastre. El resultado, positivo, permitió afirmar finalmente que había un lobo.

Los ataques aceleraron una decisión que los Puigpelat hacía tiempo que rumiaban: incorporar perros de protección, mastines. Asesorados por Lampreave, adoptaron dos y también han incorporado tecnología: han equipado algunas ovejas con un collar GPS que permite saber dónde están en cada momento y detectar movimientos anómalos. Si durante la noche el rebaño se mueve de manera inesperada o aumenta la temperatura corporal de los animales, el sistema les envía una alerta.

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“Hace tres semanas sufrimos otro ataque y, aunque los perros son todavía cachorros, actuaron frente al lobo y protegieron a las ovejas”, explica este ganadero, que tiene unas 800 cabezas de ganado y considera que “el lobo está sobreprotegido”.

“Nos tenemos que conformar con una cosa que no queremos, porque el lobo entra en conflicto con la ganadería extensiva. Por mucho que nos paguen los daños, nadie quiere estar con la inquietud de que le puedan matar a los animales o dejarlos heridos. Hay que cambiar de estrategia, incluso quizás se le tendría que eliminar”, considera. En otros territorios donde los grandes depredadores han vuelto, algunos ganaderos han acabado abandonando la actividad, lamenta.

La subsistencia de estas dos especies en el territorio depende en buena medida de la aceptación social y de que se pueda garantizar la coexistencia entre los animales y el mundo rural. Este es precisamente el objetivo de LoupO Coexistence, un proyecto europeo transfronterizo coordinado desde la UAB en el que participan instituciones de Cataluña, Francia y Andorra.

El proyecto, con un presupuesto de cerca de 2 millones de euros y cofinanciado por fondos FEDER europeos, da continuidad a un programa anterior, LoupO –un juego de palabras en francés para designar al lobo y al oso–, centrado sobre todo en el seguimiento de las dos especies. Ahora incorpora dos nuevas patas: la prevención de los conflictos y la coexistencia con el mundo rural. Parte de la premisa de que, si las personas que viven en el territorio perciben la presencia de estos animales como una amenaza incompatible con su actividad, la conservación se vuelve mucho más frágil.

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“Si no hay coexistencia, desaparecerán –apunta Sastre–. Su permanencia depende también de la capacidad de la sociedad para asumirlos como una parte del territorio”. Esta investigadora de la UAB, al frente del proyecto, pone el foco allí donde a menudo se concentra el conflicto: “Está muy bien que desde la ciudad defendamos la presencia del oso y del lobo, pero el mundo rural, que es quien sufre los ataques, tiene que tener voz”.

Por eso, en LoupO Coexistence, además de continuar haciendo el seguimiento de las poblaciones de estos grandes depredadores mediante técnicas de genómica avanzada e IA, se harán encuestas y se recogerá la opinión de la población de entornos rurales para entender qué problemas genera la presencia de los animales y qué habría que hacer para facilitar la convivencia. Asimismo, se adoptarán medidas para minimizar los ataques a la ganadería extensiva y la apicultura con medidas de prevención como el uso de perros guardianes, la formación de pastores y nuevos sistemas disuasorios.

“Hay que reducir los conflictos tanto como sea posible y encontrar fórmulas para que la ganadería extensiva y los grandes carnívoros puedan compartir territorio”, apunta Ricard Casanovas, jefe del Servicio de Fauna y Flora del departamento de Territorio, Vivienda y Transición Ecológica de la Generalitat de Cataluña.

No es lo mismo, el oso

La historia del oso (Ursus arctos) difiere de la del lobo. Para empezar, este plantígrado emblemático de los Pirineos no desapareció nunca del todo del Pirineo y se reforzó su presencia con un programa iniciado en Francia en los años 90. Así, entre 1996 y 1997 se liberaron tres ejemplares eslovenos –dos hembras, Ziva y Mellba, y un macho, Pyros– en el municipio francés de Melles, en el Alto Garona. Desde entonces, la población pirenaica ha ido aumentando y hoy supera el centenar de osos en toda la cordillera.

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En el Pirineo catalán se han identificado 54, muchos de ellos en el Valle de Arán. Ivan Afonso, responsable de Medio Natural del Consejo General de Arán, recuerda que la reintroducción de los años 90 generó una fuerte oposición local, especialmente entre el sector ganadero. Con el tiempo, la situación ha ido cambiando y este plantígrado se ha convertido en una especie protegida y emblemática, e también un animal que obliga a adaptar las actividades humanas.

Hacer su seguimiento es más sencillo que con el lobo. Se utilizan trampas de pelo, colocadas en los árboles donde a estos animales les gusta frotarse la espalda, y también se recogen excrementos. En el caso de este mamífero, entre las medidas que prevé LoupO Coexistence está desarrollar cámaras inteligentes capaces de identificar automáticamente qué animal se acerca y sistemas que permitan acelerar la identificación de los ejemplares. La idea es que la tecnología ayude a convertir un seguimiento que a menudo es lento y laborioso en una herramienta más rápida para tomar decisiones.

Y es que, aunque hoy por hoy no hay ningún oso peligroso en el Arán, se han empezado a detectar algunos que están perdiendo el miedo a los humanos y se acercan a zonas habitadas. Es por eso, entre otros motivos, que el Valle de Arán se plantea volver a implementar sistemas de geolocalización y medidas para espantar a los animales. “Cuanto más lejos de las poblaciones se mantengan los osos, mejor. No solo para proteger a las personas y a los rebaños, sino para evitar que potenciales incidentes hagan crecer el rechazo hacia la especie”, considera Afonso, para quien esta es la única vía para garantizar la supervivencia de la especie: “asegurar que continúan siendo realmente salvajes”.

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Afonso defiende que el seguimiento con collar GPS, además de ayudar a detectar casos de mortalidad no natural, como ocurrió con el envenenamiento de Cachou, es también una oportunidad excepcional para conocer mejor la biología de estos animales: saber cómo hibernan, cuánto dura este periodo y si, con el cambio climático, la hibernación se está acortando. También permite obtener información sobre las presas que atacan. Todos estos datos se pondrán en abierto a disposición de centros de investigación y universidades para que puedan llevar a cabo investigación.

Al final, resume Casanovas, “nos tenemos que adaptar”. Estas especies y otras que podrían llegar, como el lince o incluso el chacal, han venido para quedarse. El castor ya ha entrado desde Aragón a Cataluña. “Todas están protegidas en el ámbito europeo y nos tendremos que adaptar y aprender a convivir con ellas. Debemos apostar por la coexistencia. La naturaleza avanza, no hay marcha atrás”.