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Generalitat de Catalunya
¿Por qué la Base Antártica Juan Carlos I todavía no se llama Josefina Castellví?
El CosmoCaixa, el gran espacio de divulgación científica
20/08/2026 - 00:01 h.
4 min
«La Antártida es un buen centinela del cambio climático», me dice Rafel Simó, investigador del Institut de Ciències del Mar (CSIC), que ha estado unas cuantas veces en esta zona virgen, frágil y silenciosa del planeta para hacer investigación con el Hespérides, un buque que gestiona y tripula la Armada española –¿no sería lógico que lo hiciera una institución de investigación?–. «Y evidencia que el cambio climático se acelera», asegura. «Es también una ventana al clima del pasado: el hielo profundo continental contiene atrapadas burbujas de la atmósfera del último millón de años», subraya. «En la Antártida prácticamente no hay verde, pero hay mucha vida. Es vida marina. Puede parecer una paradoja que en un lugar tan hostil haya una gran biodiversidad», dice Rafel. Cuando pensamos en los animales de este continente remoto, enseguida nos viene la imagen de los pingüinos, pero hay muchos más: orcas, ballenas, focas... y una infinidad de peces, todos ellos alimentados por plancton microscópico. «Es precioso ver cómo la vida se adapta a un entorno extremo», dice Simó, que conoce muy bien la Base Antártica Juan Carlos I –¿y por qué no la bautizan con el nombre de Josefina Castellví, que la dirigió? Simó destaca algunas cosas positivas que suceden en este extremo sur: el Tratado Antártico, acuerdo internacional firmado en 1959 que establece que la Antártida debe utilizarse solo para fines pacíficos y investigación científica –«es un milagro geopolítico en plena Guerra Fría», dice– y que algunos datos que se recogen son esperanzadores, como por ejemplo los que dicen que el agujero de la capa de ozono se está tapando.Nada más entrar al CosmoCaixa me dirijo al espacio dedicado a Josefina Castellví (1935-2026) y a la investigación en la Antártida. Allí está el módulo-laboratorio donde trabajaba Castellví, y muchos otros, entre los cuales Antoni Ballester, el impulsor de la base. Veo un montón de aparatos que se nota que ya son antiguos –no me gusta la palabra anticuados. La mayoría son de microbiología, para analizar la composición química del agua y sus organismos.Me acompaña el director del CosmoCaixa, el cardonés Valentí Farràs, exdirector del CaixaForum Barcelona, que me explica que después de que quedara en desuso, este laboratorio –un contenedor hecho en Tarragona– se repatrió: sí, hizo un viaje de ida y vuelta a Cataluña, y el CosmoCaixa lo "acogió".Antes de mostrarme cómo se explica aquí el origen del universo, Valentí me indica el origen de este museo que abrió sus puertas en 1980. "Primero lo abrimos en escuelas y universidades para que lo testearan", explica. Al principio se llamaba Museo de la Ciencia de la Obra Social “la Caixa”. Ocupaba un edificio de principios del siglo XX, de Josep Domènech i Estapà –algunos le decían, con mala leche, "Domenech el malo", en contraposición a Domènech i Montaner–, que había acogido un asilo para mujeres ciegas, que se caracterizaba por una pedagogía innovadora. Más adelante se convirtió en Museo de la Ciencia y desde 2004, después de una gran ampliación, CosmoCaixa. Hoy es un gigante de la divulgación científica para todas las edades, de visita imprescindible. Es un museo para ir unos cuantos días porque en uno "no te lo acabas". ¡Aguanta!", dice una chica a otra. Juegan a intentar aguantar el máximo de tiempo la palma de la mano extendida en un gran bloque de hielo. Al lado se explica una de las curiosidades del agua: sus tres estados –sólido, líquido y gaseoso– pueden convivir simultáneamente a los 0,01 grados. No así en la Antártida, donde el agua se hiela por debajo de cero grados (aproximadamente a -1,8 °C), ya que es salada.Otra curiosidad del agua que me llama la atención se muestra en un experimento. Nos acercamos y un educador dice a una serie de alumnos: "¿Veis? El agua no es continua". Hay un chorro de agua que hace un puente y se va iluminando con luz estroboscópica, que permite verla descompuesta en gotas.Entramos en el llamado bosque inundado. Hace calor, 26 °C y un 80% de humedad y llueve –más bien chispea– cada cuarto de hora. Está claro: "estamos" en la selva amazónica, concretamente en la región de Santarém. Miro cómo se mueve poco a poco una anaconda. "Se come dos conejos cada quince días. Es un animal de digestión lenta", dice Valentí. De repente, mi anfitrión mira el móvil. No es que quiera desatenderme. Quiere mostrarme la cifra de personas que están visitando el museo. Es un "marcador" que se va actualizando. "Hay 1.410 personas". Es más o menos como si toda la población de Puigverd de Lleida –incluso gente muy mayor, que solo sale de casa de vez en cuando–, acudiera al CosmoCaixa.Me detengo ante un esqueleto fosilizado de un mamut lanudo, de dimensiones considerables. Aprovechaban muchas cosas del mamut: la piel para hacer abrigo, el cuerpo para comer o para hacer herramientas. "Si te lo explican lo recuerdas, si lo experimentas lo aprendes. Esta es la base del CosmoCaixa", remarca Valentí. "Acompañados por los educadores, el conocimiento se consolida", añade mientras voy repasando los nombres de grandes investigadoras que llenan una pared. La primera, Hipatia de Alejandría, filósofa, astrónoma y matemática (siglo IV dC). No falta, claro está, Josefina Castellví."Más de un millón de visitantes al año
Ya hace unos años que el CosmoCaixa superó el millón de visitantes al año. La mayoría son catalanes, que vienen en familia o con la escuela. Hay un 6% del resto de España y un 20% de extranjeros. Es habitual que investigadores de primera división mundial, y algunos Premios Nobel, expliquen allí su investigación. A estas actividades suele asistir un público joven. La ciencia avanza, y el CosmoCaixa también. Algunos de los ámbitos por los que está apostando son la genética y la inteligencia artificial.