Flores

La marea amarilla de la retama

La persistencia simbólica de una flor arraigada en la memoria catalana

Joan Baixeras
10/06/2026

GironaMuy cerca del mar Mediterráneo, allí donde la espuma se rompe contra la roca y el paisaje resplandece bajo la luz, emerge cada año otro tipo de marea. Un estallido amarillo que recorre caminos, márgenes y páramos, tiñéndolos con la presencia humilde de la retama. Tan integrada en el paisaje que a menudo pasa desapercibida, esta planta es, en realidad, una de las presencias más antiguas y persistentes del imaginario catalán.

Cada primavera reaparece con la discreción de las cosas que no han necesitado nunca imponerse para perdurar. No necesita jardines ni tierras generosas. Crece en las laderas secas, entre piedra seca y caminos polvorientos, allí donde otras especies se retiran. Cuando el viento cálido de junio atraviesa los márgenes, las ramas finas oscilan levemente y dejan escapar un olor seco, dulce y agreste a la vez. Es un olor difícil de retener fuera del paisaje: una mezcla de polvo tibio, hierba calentada y salinidad lejana.

Sus tallos verdes y flexibles retienen la humedad bajo el sol inclemente; y las raíces se aferran a los terrenos pobres con una tenacidad silenciosa. Pero sería insuficiente entenderla solo desde la botánica. Con el paso de los siglos, la retama ha dejado de ser una simple especie mediterránea para convertirse en una presencia adherida a la historia íntima del territorio.

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Una presencia inevitable

Cuando florece, entre mayo y julio, la retama transforma el paisaje. Sus flores, de un amarillo intenso y luminoso, recuerdan las alas pequeñas de una mariposa. Esta exuberancia cromática es también una señal del ciclo mediterráneo: una afirmación de vida allí donde la tierra parece haberse vuelto austera.

La etimología de su nombre científico (Spartium junceum) conserva aún el rastro de usos hoy casi olvidados. Spartium proviene del griego spartion, término empleado para designar plantas de las cuales se obtenían fibras para cuerdas y ataduras; junceum, del latín, significa «parecido a un junco». Durante siglos, la retama no solo formó parte del paisaje, sino también de la vida material de muchas comunidades mediterráneas. Pero su fuerza no proviene únicamente de la utilidad. Hay plantas que florecen, y hay otras que acaban dejando rastro.

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Un pequeño sol de primavera

El amarillo encendido de sus flores –radiante como una claridad matinal– acompaña las celebraciones de primavera y, sobre todo, la festividad de Corpus Christi, con la cual mantiene un vínculo profundamente arraigado.

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Ya en el siglo XV, documentada en Girona el año 1439, la ginesta aparece en alfombras florales y ornamentos festivos que transformaban calles y claustros en una arquitectura efímera de color y perfume. El folklorista Rossend Serra i Pagès y, más tarde, Valeri Serra i Boldú la evocaron como una de las imágenes más características del Corpus barcelonés, al lado de los gigantes y del Huevo de Pascua. Entre el agua, la piedra y las flores, la ciudad encontraba una expresión tangible de plenitud primaveral.

Su presencia se extiende también a otras celebraciones de mayo y junio. En las Fiestas de la Santa Cruz, en algunas poblaciones, todavía engalana cruces de término; en la Feria de Sant Ponç continúa apareciendo entre hierbas medicinales y ramos olorosos. En romerías y encuentros populares –como el de Sant Antoni de Padua, en Ulldemolins– se incorpora a los ramilletes que los peregrinos se llevan a casa.

Aún hoy, después de algunas procesiones de Corpus, hay quien vuelve caminando con una rama de ginesta en la mano sin saber exactamente por qué. Algunos símbolos perduran precisamente porque nunca han necesitado explicarse del todo.

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La cultura popular le ha atribuido a menudo una virtud protectora. Se decía que un ramo de ginesta colgado en la puerta alejaba la desdicha y atraía la buena fortuna. En muchas casas, la rama acababa secándose lentamente tras una puerta o al lado de una ventana, hasta que perdía el color, pero conservaba todavía un poco de su olor silvestre.

El clamor que se entona pétalo a pétalo

Hay flores que acaban entrando también en nuestra historia. En el imaginario catalán, el Corpus de Sang y la genista comparten una misma idea de resistencia arraigada a la tierra. El levantamiento de los segadores contra los abusos de la monarquía hispánica quedó asociado a aquella payesía que llegaba a Barcelona con hoces convertidas, por fuerza de la historia, en emblemas de revuelta.

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En aquel universo histórico, la genista –omnipresente en los caminos y en los márgenes– acabó vinculada a una idea de dignidad popular que atravesaría los siglos. Desde entonces, su floración parece conservar todavía un eco remoto de procesiones, cantos y clamores colectivos.

Con el tiempo, esta carga simbólica se hizo aún más intensa. La combinación del amarillo de la genista con el rojo vivo de la amapola ha sido leída a menudo como una alegoría de la senyera, lo que convierte el mismo paisaje floral en una expresión de identidad.

Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, cuando la lengua catalana y muchos de sus símbolos eran perseguidos, estas flores adquirieron una dimensión política inesperada. En numerosas poblaciones, especialmente durante las celebraciones de Corpus, los balcones se llenaban de genista y las ramas se esparcían ante la procesión como un gesto discreto, pero inequívoco, que todos entendían.

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La memoria popular de Berga explica que, en la última Patum de la dictadura de Primo de Rivera, las autoridades impuestas por los militares españoles ordenaron podar todas las retamas de los alrededores de la ciudad. Querían dificultar que se hicieran con ellas guirnaldas y alfombras o que sus flores amarillas fueran lanzadas al paso de la custodia. El relato ha pervivido porque expresa una verdad más profunda: durante años, la identidad del país solo podía hacerse visible a través de símbolos que insinuaban aquello que no se podía decir abiertamente.

La literatura catalana tampoco ha sido ajena a esta potencia evocadora. Jacint Verdaguer y Joan Maragall incorporaron la retama en sus obras como una imagen de sencillez, permanencia y fidelidad íntima al paisaje.

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Aquello que florece a pesar de todo

Hoy, en un tiempo en que a menudo convertimos el paisaje en simple escenografía cotidiana, la retama invita a otra manera de mirar. Allí donde parece que solo hay un margen seco, late una historia hecha de caminos, celebraciones, silencios y memoria.

Cada primavera, los bordes vuelven a teñirse de amarillo con una puntualidad antigua. La retama reaparece como si quisiera recordar aquello que nosotros, a menudo, olvidamos. No todos los iconos nacen de los libros ni de los discursos: algunas crecen lentamente en los márgenes, entre el polvo, la piedra y el paso del tiempo.

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Quizás por eso cuesta imaginar una primavera catalana sin retama. Hay parajes que acaban formando parte de un pueblo antes incluso de convertirse en símbolos. Cuando el amarillo vuelve a encender márgenes y caminos bajo el viento cálido, la retama reaparece como si el paisaje mismo hubiera aprendido pacientemente a caminar al lado de una nación.