REPORTAJE
Misc 14/12/2020

Verdura ecológica contra el hambre en los barrios

Hacer llegar comida fresca y de calidad a las familias que están sufriendo más el impacto económico de la pandemia: este es el objetivo de Alterbanc. Una alternativa de solidaridad alimentaria desde la agroecología que funciona en L'Hospitalet y en Nou Barris y desafía el modelo de los bancos de alimentos.

Texto: Cristina Mas / Fotos: Pere Virgili
5 min
Verdura ecològica contra la fam als barriS

Cuando en marzo el Govern ordenó cerrar las escuelas para frenar la propagación de la pandemia, la distribuidora de productos agroecológicos EcoCentral, de L'Hospitalet, perdió a la mayoría de sus clientes, los comedores escolares, cosa que amenazaba la supervivencia de muchos productores locales. “Muchos agricultores habíamos perdido la cadena de distribución, y no sabíamos qué hacer con nuestro producto, y a la vez había una emergencia alimentaria, porque mucha gente había perdido el trabajo”, recuerda Jonas Abreu Goes, un agricultor ecológico del Baix Llobregat.

A pocos kilómetros de la finca que cultiva en Sant Boi, Laia Ramos, con otros vecinos y vecinas de L'Hospitalet, enseguida se activó ante la magnitud de la emergencia social: “Gente que trabajaba recogiendo chatarra, trabajadoras domésticas... se quedaron sin nada de un día para el otro, y los servicios sociales estaban colapsados y teníamos vecinos y vecinas que ni siquiera podían pagar la llamada al 010; tuvimos que poner en marcha cajas de resistencia para comer, para echar una mano a trabajadoras del hogar que eran esenciales pero estaban totalmente desprotegidas, afrontar situaciones de exclusión sanitaria y problemas de vivienda... No dábamos abasto”. Las familias que ya vivían en una situación económica precaria fueron las primeras en caer en el pozo.

Sin ayuda de las administraciones, varias entidades pusieron en marcha una Red de Apoyo Vecinal que todavía hoy ayuda a tres mil personas. De esta doble realidad nació el proyecto Alterbanc, una especie de banco de alimentos alternativo que pone en contacto a productores agroecológicos de proximidad con las redes vecinales que han sido fundamentales para parar el golpe en los barrios de L'Hospitalet y Barcelona donde las condiciones son más difíciles.

Jonas muestra con humildad las 2,5 hectáreas de su huerto, donde cultiva unas cincuenta verduras y algunas frutas, en una finca del siglo XIX que tiene alquilada en el parque agrario del Baix Llobregat y que por su aspecto contrasta con los campos de al lado, que o están abandonados o donde solo se cultivan alcachofas. Acaricia las plantas mientras nos explica que pasó toda su niñez en las ocupaciones del Movimiento de Sin Tierra de Brasil, con sus padres.

Se formó en administración de empresas en una de las escuelas del movimiento, hace 12 años se trasladó a Barcelona y, poco después, decidió dedicarse a la tierra, trabajándola como lo había visto hacer a sus padres, “con la agricultura de toda la vida, sin herbicidas, ni fungicidas ni nada de todo eso”. De pequeño había mamado la solidaridad, el respeto por las personas y por la naturaleza, y también la revuelta: “Yo no soy independentista, pero estuve con mi tractor en la protesta de septiembre de 2018 y la noche del 1 de Octubre la pasé en el colegio porque creo en la democracia”, explica. Ahora dice que se siente privilegiado de poder hacer lo que hace, mientras intenta que se conviertan en sus socios los dos hombres que ahora son sus trabajadores, un joven de Malí y otro nacido en L'Hospitalet a quien Jonas está enseñando a leer y a escribir: “Me indigna que en el siglo XXI alguien no haya tenido la oportunidad de aprender lo mínimo”, dice.

Jonas Abreu Goes al seu hort de Sant Boi. El va batejar així perquè quan hi va arribar hi havia moltes d’aquestes plantes, i perquè era el sobrenom amb què el coneixien de petit, al Brasil, pels seus cabells

La pandemia ha evidenciado muchas de las debilidades del sistema económico actual, y la producción y distribución de los alimentos básicos es un ejemplo de ello, sobre todo en el caso de los productos frescos. “Lo que comemos se produce muy lejos de aquí, y en situaciones de crisis como esta, cuando la gente no tiene trabajo, falta comida sana y de calidad en los barrios más vulnerables”, explica Gustavo Duch, uno de los impulsores de Alterbanc, que se plantea como una alternativa al sistema de ayuda alimentaria. “España recibe 80 millones de euros de la UE en concepto de ayuda alimentaria, el ministerio de Agricultura los licita y compra comida procesada industrial a 10 o 15 grandes empresas, y después lo reparte a través de Cáritas o de la Fundació Banc d'Aliments. Los agricultores pequeños de aquí quedan fuera de ello y la gente de los barrios no recibe una alimentación saludable: de aquí los índices de malnutrición y obesidad asociados a la pobreza. Nosotros desafiamos este sistema y decimos que si hay que comprar comida para la gente vulnerable con dinero público, se compre a los pequeños productores locales, que dan trabajo aquí, y que sea un alimento sano y de calidad. También queremos apoyar a distribuidoras como EcoCentral para que no caiga el modelo de comedores y cocinas escolares ecológicas”, explica Duch. Los aproximadament cincuenta agricultores que participan en el proyecto venden sus productos a un precio que consideran justo, y 500 familias de L'Hospitalet y Nou Barris han recibido gratuitamente sus verduras y frutas desde el primer estado de alarma.

En la Casa de la Reconciliació del barrio de Can Serra de L'Hospitalet, la Red Vecinal ha conseguido un espacio para organizar los lotes de alimentos: una decena de voluntarios y voluntarias trabajan preparando bolsas de arroz, cebollas, patatas, calabazas, lechugas, tomates y manzanas. Con el estado de alarma se activaron todas las manos disponibles, desde las AFA de las escuelas hasta entidades de mujeres o las cooperativas de consumo. Y reaccionaron mucho más rápido que las administraciones: pusieron en común excedentes de comida de los comercios de proximidad, de agricultores del Parque Agrario del Llobregat, del reciclaje de alimentos de Mercabarna y otras donaciones de stocks, y se organizan para distribuirlos.

El reto de la distribución

La distribución era otro reto en plena pandemia. El banco de alimentos estaba desbordado y además muchos de sus voluntarios eran gente mayor que se tenía que quedar en casa. La red se tejió con una orientación diferente. “No somos un servicio de asistencia al que ir una vez a la semana para que te den comida: somos un grupo de vecinas que nos organizamos y compartimos la comida que encontramos entre todas”, explican en el folletín informativo que se reparte en los barrios. “Todo el mundo tiene algo que aportar: venir a preparar cestas o hacer de traductor en las llamadas”, recuerda Laia Ramos. Y esto es precisamente lo que más valora Edith Rivera, vecina del barrio del la Torrassa, que tiene trabajos de limpieza esporádicos, como su marido, que es albañil. “Nosotros necesitamos ayuda y también podemos ayudar... porque comer, se tiene que comer”, dice mientras pesa patatas para ponerlas en las cestas. Cuando ha terminado el trabajo, como el resto de voluntarios, se pone a la cola de los carros para recoger su lote.

La Generalitat ha destinado al proyecto de Alterbanc 15.000 euros, y según explica Carmel Mòdol, director general de Alimentación, valorarán darle continuidad. La administración catalana puso a disposición de pequeños productores agrícolas una partida de 4 millones de euros para canalizar comida fresca a través del Banco de los Alimentos, de la cual se gastaron 2 millones de euros. El proyecto de Alterbanc no encajaba ni por los precios ni por los requerimientos administrativos. “Son diferentes modelos y nosotros como administración tenemos que ir por el camino que el país tiene estructurado, pero también tenemos la obligación de estudiar otros modelos que quizás se pueden aplicar a ámbitos concretos”, explica Mòdol. “Si la compra pública de comida para hospitales, escuelas, prisiones y bancos de alimentos se hiciera al campesinado catalán, mucha más gente se podría dedicar a trabajar la tierra aquí”, insiste Duch. Pero esto ya está a otro nivel.

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