11-Somos una represión
Ahora que empieza el colegio se podría probar la pedagogía de Enric Arderiu Valls (1868-1920). Tenía siete años. Sus padres lo arrastraron de Linyola a Lérida. Se les metió en la cabeza: al seminario. La cosa era tan endiabladamente aleccionadora que tuvo que repetir un curso por llegar tarde a misa. Aquel fracaso divino le llevó a abrazar otras dos bestias infernales: la cultura y Cataluña.
Licenciado en derecho y filosofía y letras, de su boca salía a granel latín, griego, hebreo y árabe. Muchos creían que estaba poseído, pero acabó poseyendo una plaza del cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Y claro, lo de Cataluña lo explica lo que decían entonces (las izquierdas catalanas): es el “nacionalismo subconsciente”. Como células durmientes se les despertaba Cataluña dentro. El chip, el ADN, el carbono 14 metido en la cabeza. Resumiendo: Enric fue uno de los líderes de la Renaixença en Lérida y Cataluña. Pero quien se acuesta con diablos se despierta con diablos.
Su gran enemigo fue José Martos O’Neale, gobernador civil de Lérida. Venía de las Filipinas. Dejó de ser colonia y lo destinaron a otra colonia. Solo tenía una misión: llevar a los catalanistas a la hoguera. Su libro lanzallamas Peligro nacional. Estudios e impresiones sobre el catalanismo causó más incendios que todos los del siglo XXI. Como escribió Arderiu: “El Sr. Martos hizo él solo más catalanistas que todas las propagandas de los compañeros de causa”. Prohibía que los maestros enseñaran catalán en las escuelas, cantar Els segadors, reuniones, hurgarse la nariz en el dedo vernáculo… Y Arderiu y muchos jóvenes (ahora los llamarían “burgueses”, “conservadores”) cogieron la lata de gasolina para hacer kale borroka.
Querían quemar el Segre el 11 de septiembre de 1900, pero decidieron hacerlo el 30 para despistar al enemigo. El último día de aquel mes el río se inflamó. Una barca de jóvenes salió de Lérida hasta Torres de Segre. El fósforo: una señera gigante, barretinas y gritos. Los leridanos corrían a su paso. Y Martos, encendido en llamas, los vio desde casa. Ellos lo saludaron educadamente. La policía intentaba desde las orillas agarrar la barca. Nada. Tiraron piedras desde los puentes. Nada. Aquella primera marcha de la libertad, jornada hídrica, vía catalana líquida, iba pasando por los pueblos y la gente aplaudía, gritaba, cantaba… El río es vida.
Mira por dónde, como quien no quiere la cosa, quién lo diría, al volver les esperaban unos hombres misteriosos. En las manos llevaban unas porras que recordaban a las de la policía. Huyeron a toda prisa. Al día siguiente los quemaron legalmente: procesados. Pero quien murió en la hoguera fue Arderiu. Era archivero funcionario y se quedó sin trabajo y sueldo. Lo deportaron profesionalmente primero a Huelva y después a Huesca. No es él: son miles.
Aquellos 13 jóvenes fluviales fueron fuente de inspiración de miles más. Como la treintena de jóvenes que son los primeros detenidos el 11 de septiembre. Fue en 1901 y marca un cambio de rumbo en la manera de conmemorar la Diada (la Fundació Reeixida ha investigado sus nombres y los hechos). Todo por una ofrenda vegetal al monumento de Rafael Casanova en Barcelona. Todo por gritar: independencia. Todo por ser catalanes. Todo por existir. Detención y prisión. Y de ahí manifestaciones masivas, el nacimiento de La Reixa para los represaliados... No hay Diada: hay día a día. De ahí que no seamos una nación: 11-Somos una represión.