Del 11-S en Maduro: 25 años de inseguridad

La captura de Nicolás Maduro llega en un año cargado de simbolismo: coincide con el 25 aniversario de los atentados del 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York, punto de inflexión que redefinió por completo la (in)seguridad mundial. La coincidencia no es sólo cronológica: sirve también para contrastar dos épocas, dos formas de entender las amenazas globales y dos formas de justificar cosas más o menos injustificables.

En 2001, el mundo descubrió hasta qué punto era vulnerable ante actores no estatales capaces de apretar la mayor potencia del planeta en su mismo centro. En 2026, sin embargo, el escenario es más fragmentado, más tecnológico y más imprevisible, y la detención de un líder político acusado de delitos transnacionales refleja esta nueva complejidad. Hace 25 años China no era ni mucho menos lo que es hoy, y la entonces tambaleante Federación de Rusia no tenía aún fuerzas para tratar de recomponer la URSS, como hace ahora. El damero ha cambiado radicalmente y Trump ha hecho el resto. La invasión de Irak de 2003 estuvo rodeada de discursos bastante elaborados y de coartadas sofisticadas. La Venezuela teledirigida del 2026 puede resumirse en una idea sencilla repetida por Marco Rubio inmediatamente después de los hechos: el presidente Trump siempre hace lo que ha dicho que haría. Y esto es todo.

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Tras el 11-S se inauguró una era marcada por la guerra contra el terror, las intervenciones militares y la consolidación de un modelo de seguridad basado en ataques preventivos y servicios de inteligencia cada vez más condicionados por las nuevas tecnologías. Hoy, las amenazas se han descentralizado y difuminado, y la radicalización se ha digitalizado: muchos conflictos se han desplazado hacia el espacio cibernético, hacia la desinformación, hacia la manipulación a gran escala. La seguridad ya no depende sólo de fronteras físicas, sino de redes virtuales, de grandes bancos de datos, de falsas invulnerabilidades visibles (los cada vez más patéticos desfiles militares, para entendernos) y de verdaderas vulnerabilidades invisibles (la total dependencia tecnológica de elementos materiales como el coltán, por ejemplo).

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En ese contexto, la captura de Maduro adquiere una dimensión que va más allá del hecho en sí mismo. Si en 2001 el miedo provenía de organizaciones clandestinas que operaban desde cuevas o campos de entrenamiento remotos, hoy las amenazas pueden provenir tanto de grupos extremistas como de estructuras estatales o paraestatales implicadas en el narcotráfico, ciberactividades ilícitas o desestabilización regional. Hace un cuarto de siglo, la respuesta a Bin Laden fue militar; al cabo de unos años, las herramientas predominantes en Occidente —incluidos Estados Unidos— empezaron a tener un cariz más judicial o financiero. Las sanciones, la cooperación policial, el rastreo de flujos económicos y la presión diplomática se convirtieron en instrumentos tan o más decisivos que los ejércitos. Sin embargo, todo se ha mostrado ilusorio y efímero: la intervención militar en Venezuela constituye un retorno a dinámicas que parecían haber quedado muy atrás.

En cualquier caso, hay un hecho que, en nuestra condición de europeos, invita a la reflexión. Hace 25 años, Estados Unidos buscó explícitamente la colaboración militar y la complicidad política de Europa —no sólo de los países miembros de la OTAN— para combatir el terrorismo internacional. Vista con perspectiva, la infausta "foto de las Azores" fue un inmenso error que llevó a otros errores concatenados. Las consecuencias todavía las sufrimos ahora. Sin embargo, de aquel episodio desgraciado quisiéramos subrayar otra derivada: la opinión que hoy pueda tener Europa sobre Venezuela, o sobre Madagascar, o sobre la constelación de Casiopea, ya no le interesa a nadie. Europa ha quedado fuera del damero, cómo intentábamos explicar hace una semana. Un análisis perfectamente idioto consistiría en inferir que así nos ahorramos una nueva foto de las Azores... Pero no, las cosas no funcionan así. De hecho, la figura esperpéntica y ahora mismo fuera de control de Trump tiene mucho que ver con la decadencia de Europa, esto es, con el cambio radical de contrapesos que se ha consumado en menos de un cuarto de siglo. De alguna manera, la verdadera degeneración de la "foto de las Azores" es Ursula von der Leyen riéndole las gracias a Trump... a cambio de nada.

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Donald Trump tiene entre cuerno y cuerno Groenlandia, territorio de soberanía danesa. Nunca se ha escondido. Las palabras de Marco Rubio son premonitorias: Trump siempre hace lo que ha dicho que iba a hacer. En un caso así, ¿cómo actuaría la Unión? ¿Montando una comisión de estudio paritaria y sostenible de cara al Horizonte 2030?