El presidente de EEUU, Donald Trump, este lunes
09/03/2026
Periodista
2 min

Tras proclamar que el hijo del asesinato ayatolá Jamenei será el nuevo líder de la Revolución (hecho que, curiosamente, convierte a la república de Irán en una especie de monarquía hereditaria), la voz encargada de anunciarlo al pueblo iraní ha llamado al obligatorio "Alá es grande". Días antes, a miles de kilómetros de distancia, Donald Trump, sentado en su despacho presidencial, se hacía rodear por pastores evangélicos que le ponían la mano en los hombros mientras ofrecían plegarias para la guía y la protección del presidente de EEUU y sus tropas en estos momentos tan complicados.

Nada nuevo bajo el sol, porque, como observaba Yuval Noah Harari en Sápiens (Ediciones 62), "el papel crucial de la religión a lo largo de la historia ha consistido en dar legitimidad sobrehumana" a estructuras políticas.

Pero a pesar de que, en Oriente Próximo, la religión lo impregne todo y se utilice política y militarmente para justificarlo todo, ésta no es una guerra de religiones. La amenaza existencial para el Estado de Israel a causa de los programas nucleares de Irán, el control del petróleo iraní, las derivadas negativas del conflicto para actores geopolíticos tan relevantes como China o Rusia, o la coincidencia de intereses y personalidades de Netanyahu y Trump, que están hechos uno de ellos por el otro por el otro de mencionar a Dios.

Pese a que estamos en el 2026, el presidente de EEUU utiliza un lenguaje medieval para justificar que los demás son malos cuando dice que en Irán "cortan cabezas de bebés y cortan a mujeres por la mitad". Lo dice el propio presidente que separa a familias de inmigrantes cuando las detiene. De lo que hacen en Irán, en Israel y en EEUU se llama utilizar el nombre de Dios en vano.

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