Cuál será el lugar de las nuevas espiritualidades?

Detalle de la cruz de la Sagrada Familia sin el andamio
01/04/2026
Sociólogo
3 min

Uno de los campos que más han cambiado en las últimas décadas es el de cómo se experimenta el sentido personal y colectivo de vida. Aquello que también llamamos la religiosidad. Quizás más y todo que el de la política. Tanto, que ahora mismo ofrece un panorama extremadamente complejo, por no decir confuso. Y querer aproximarse a él con encuestas de opinión a partir de cómo han sido los viejos esquemas de creencia y pertenencia institucional eclesial no hace más que añadir confusión a la confusión. La cuestión ya ni siquiera es si se cree en Dios. El fenómeno social de la creencia y la espiritualidad desborda todos los modelos empleados hasta ahora.

Veníamos de aquel mal llamado “catolicismo sociológico” franquista que, mezclando adhesiones forzadas con las honestas, permitía sostener una narrativa de homogeneidad moral conservadora en beneficio del régimen. Su descrédito y posterior derrumbe en los años sesenta del siglo pasado dio paso a un país que, según los estudiosos, se podía considerar de los más –si no el que más– secularizados de Europa y del mundo entero. El profesor Joan Estruch, sin embargo, ya desenmascaró desde el principio aquel espejismo de un país de descreídos, con una insuperable crítica al mismo concepto de secularización, a la cual, por cierto, habría sido muy útil que se le hubiese hecho más caso.

Y es que la reculada del espacio que ocupaba la Iglesia católica oficial, en primer lugar, fue de la mano con la explosión en su interior de líneas de espiritualidad tan contradictorias que iban desde unos Cristianos por el Socialismo, reflejados en la teología de la liberación latinoamericana, pasando por los curas obreros, la consolidación de un Opus cada vez más abierto, hasta llegar a las organizaciones más reaccionarias, como los Legionarios de Cristo. ¡Y me dejo un montón! Una multiplicación de opciones que en lugar de sumar, restaba. Pero, en segundo lugar, el erial que dejaba la Iglesia iba siendo ocupado por todo tipo de experiencias inspiradas en el mundo oriental y que permitían estar fuera –si no al menos aparentemente– de las viejas estructuras de poder eclesial. Era la llamada, de manera global, new age (nueva era). Claro, sin olvidar la solidez de instituciones más estables y discretas como las Iglesias evangélicas, entre otras.

Pero este siglo XXI ha complicado más las cosas. Primero, por los flujos migratorios, que han supuesto la entrada de las organizaciones islámicas en sus diversos corrientes. Y después, a galope, la llegada tanto de las Iglesias de origen latinoamericano como, aún más sutilmente, la penetración de sus formas de espiritualidad en el seno de la vieja Iglesia católica. Una entrada que se ha recibido con los brazos abiertos porque ofrecía un respiro a la caída de clientela, pero que la ha forzado a hacer la vista gorda a estilos extranjeros de creencia y de moral, aparte de la introducción masiva del español en la liturgia.

¿Esto es todo? De ninguna manera. En estos últimos años, además, han renacido expresiones de una nueva espiritualidad entre los jóvenes, formalmente en torno a la misma Iglesia católica, pero de difícil encaje en sus patrones tradicionales. La magnitud de este resurgimiento es difícil de medir por el hecho de situarse en la frontera de las estructuras y las formas de participación más tradicionales. En todo caso, es mucho mayor de lo que se percibe. Que haya llegado a manifestarse musical y estéticamente en obras como Lux de Rosalía, al margen de si es una expresión franca u oportunista, es un síntoma claro de la relevancia de un estado de ánimo que busca el calor en estas nuevas espiritualidades digamos, más que tradicionales, clásicas. Unas vivencias para las cuales las viejas clasificaciones entre progres y carcas no sirven de nada.

Posiblemente, en el marco de estas nuevas espiritualidades, tanto si se cobijan a la sombra de las Iglesias cristianas como de otras confesiones, la similitud de las necesidades de significación personal y colectiva que buscan podrían hacer posibles nuevas formas de comunión interreligiosa, que podríamos llamar nuevo ecumenismo y que ahora, con muchas dificultades, ocupan las viejas organizaciones.

Solo la continuidad en el tiempo de estas nuevas manifestaciones juveniles nos dirá si estamos ante un rebrote pasajero o ante algo sustantivo. Dependerá de su capacidad de organización autónoma o bien de buscar y encontrar el amparo –si es que se las quiere acoger– en las viejas estructuras eclesiales, siempre que estas tengan ganas y capacidad de renovarse y entender el valor de quienes ahora llaman a la puerta.

Y creo que no estoy hablando de nada marginal ni irrelevante. Hablo de la búsqueda de nuevas maneras de dar un sentido sólido a la vida para hacer frente a este mundo empeñado en hacernos a todos débiles, frágiles y vulnerables.

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