¡Abre los cajones!
Últimamente, y quizás es una casualidad, he oído, visto o leído varios casos de personas que han reencontrado a una parte de su familia biológica cuando ya eran adultos. Son historias muy distintas, pero todas tienen un común denominador: el interés y la curiosidad que cualquier persona siente por saber de dónde viene, aunque su vida haya transcurrido aparentemente sin ninguna carencia hasta el momento de hacer este descubrimiento.
Es el caso de la actriz Rosa Boladeras, que sabía desde muy pequeña que era adoptada y había vivido esta circunstancia con toda naturalidad y sin rencor alguno. Pero un día, ya de adulta, dice sentir la necesidad de hacer llegar a su madre biológica un mensaje de agradecimiento por la vida. Consiguió saber su nombre, pero la mujer ya estaba muerta. Y entonces Rosa descubrió que tenía un hermano. Se dio un tiempo para osar escribirlo y ahora mantienen una relación cercana.
Este caso me recordó el del también actor Fermí Fernàndez, que creció sin la madre, inglesa, que renunció al recién nacido recién nacido. Al llegar a la cincuentena, Fermín recibió una llamada de un hombre que decía ser su hermano. Voló para conocer a su madre, que todavía vivía, hermanos y sobrinos, toda una familia reencontrada. Lo recuerda como un momento duro y hermoso.
También he escuchado con atención y empatía las reflexiones de dos mujeres que han encauzado su creatividad a partir del trauma de su orfandad. Carla Simón ha hecho varias películas (donde explica, como sabéis, que cuando se quedó huérfana pasó a formar parte de la familia de su tío y tuvo padre, madre y hermanos). Alba Flores ha hecho un documental para explorar las circunstancias y las consecuencias de la muerte prematura de su padre. En su momento, esta muerte se vivió en la familia y en todo el país con un dramatismo que no le había permitido hasta ahora completar el duelo.
Ahora estoy leyendo Stefanie Kremser, que vuelve a la cuestión fundamental de sus raíces repartidas en Acción de gracias por una casa (Ediciones de 1984). En un momento dado, la autora recuerda que, cuando murió su padre biológico –que no le había criado–, los hijos de ese hombre encontraron un cajón encerrado con todos los documentos que revelaban su existencia y la buscaron. Stefanie Kremser recibió con alegría este descubrimiento, que le regalaba, de repente, dos hermanos, una cuñada y tres sobrinos. En este punto, la autora deAcción de gracias por una casa exhorta al lector: "Abra los cajones secretos de los padres. Puede valer la pena".
Son sólo cuatro casos de los miles que ha habido y hay en todo el mundo. Personas que, por varias razones, han conocido o recuperado a su familia biológica cuando ya eran adultos y lo han hecho con gozo y sin rencor. Todos han sabido crear a partir de cero un sentimiento familiar que no había nacido de la convivencia, ni de los recuerdos comunes, ni de la complicidad. Crear un sentimiento que, misteriosamente, florece –como cualquier planta– gracias a sus raíces. Quizá sea porque estas personas son especialmente positivas y generosas, pero, en todos los casos, el amor y el agradecimiento superan cualquier tentación de reproche. ¡Qué gran acción de gracias.