Y a los adultos quién nos desengancha?
1. Un día, haciendo scroll en Instagram, me apareció Félix Colomer, uno de los buenos directores de documentales que tenemos, explicando que hace dos meses dejó las redes sociales. A los 32 años ha recuperado el tiempo como su bien más preciado. Los motivos que le han llevado a tomar esta decisión drástica seguramente los podemos reconocer. “Noto que lo que hacía antes, ahora no lo puedo hacer. Yo podía estar cuatro horas trabajando, escribiendo o editando vídeos, y ahora no. Cada veinte minutos, media hora como máximo, tengo que mirar el móvil, ver qué pasa, tengo que entrar en Twitter. Noto que soy mucho menos productivo y eficiente”. No puedo sentirme más identificado. Con una diferencia. Él ha podido dejarlo. Hay muchos, en cambio, a los que nos falta fuerza de voluntad y continuamos aferrados al negocio de los mirones.
2. Es, con todos los puntos y comas, una adicción. Hemos regalado nuestros datos y nuestros gustos a las aplicaciones y, a cambio, cada pocos segundos nos dan un estímulo que encaja con nuestras filias y fobias. Las futbolísticas, las gastronómicas, las musicales, las políticas... Las mezcla todas y te las escupe, de una en una, con propuestas artísticas, con noticias de impacto, con anécdotas banales, con anuncios encubiertos de unas gorras ideales para calvos. Porque también eso saben de mí, porque algún día debí estar más de diez segundos mirando alguna. La recompensa es tan inmediata que siempre quieres más. Y cuando no haces nada, miras el móvil y le echas un vistazo. Y de repente ha pasado un rato mirando una pantallita que quizá no te ha hecho ni más tonto ni más sabio, pero seguro que te ha hecho más adicto.
3. Este es un pez que se muerde la cola. Estamos tan acostumbrados a mirar cosas cortas que leer un rato largo ya nos cuesta. O nos cuesta mucho más esfuerzo que antes. Los impactos son tan rápidos y continuados que la capacidad de concentración es mucho más baja que años atrás, cuando no teníamos esta dependencia. Los llamaron teléfonos inteligentes y han resultado una trampa para hacernos colectivamente más necios, más influenciables y más controlables. No solo nos marcan la agenda política —cada vez más polarizada entre buenos y malos— sino que determinan nuestra agenda íntima, víctimas del algoritmo. Cuando Mark Zuckerberg, el señor de Instagram y Facebook, decide que Meta pague 17.000 millones de dólares antes de ir a juicio para cerrar las demandas por la adicción que ha causado en los menores de edad, es que sabe cuáles son las consecuencias devastadoras de sus artilugios. Si crees que eres inocente, no pagas esa morterada de manera preventiva.
4. Cuando se han publicado los resultados del informe PISA, el mundo se ha llevado las manos a la cabeza y, enseguida, han salido analistas que han afirmado que el bajo nivel de comprensión lectora no es culpa del móvil ni de esta industria de la estulticia compulsiva. No solo, claro que no. Podríamos hacer un catálogo de causas diversas que pasaría por la claudicación de la cultura del esfuerzo, por la pandemia aislante de 2020 o por el modelo educativo de pacotilla, pero es innegable que una de las consecuencias de tanto chicle para el cerebro, a través de las plataformas, es que disminuyen las capacidades de los jóvenes.
5. Más vale tarde que nunca. La Comisión Europea, ante el grave problema de salud mental que tenemos encima, ha decidido actuar. Prohibirá —por fin un verbo taxativo— las redes sociales a los menores de 13 años. De los 13 a los 15 no estará permitido el scroll infinito, las cuentas se podrán utilizar una hora al día y deberán ser supervisados por los padres. Unos padres a los cuales, quizás, les costará predicar con el ejemplo. Hasta los dieciocho, el proyecto de ley incluye también unas medidas que habrá que definir para mitigar el impacto de todo ello. Pero, ¿y los adultos? ¿Quién nos rescatará a nosotros de esta auténtica adicción? Nos han abandonado y, hoy, ya somos zombis digitales.