La ampliación del dolor
Todas las cosas que nos pasan por la cabeza y por el cuerpo después de un accidente que sufrimos sin haberlo vivido. La empatía que nos pone en la piel de los demás: de quienes lloran, de quienes esperan, de quienes se desesperan. El azar que se manifiesta continuamente: quien no subió al tren a pesar de tener el billete, quien estaba en otro vagón, quien cambió de sitio mientras ya estaba en el tren. La cara y la cruz del mundo. La solidaridad y la codicia. Las personas que dan y las personas que toman. Los buitres que comen antes de tiempo. El sistema que permite que, mientras todavía se buscan cuerpos de vidas arrebatadas, se empiece a hacer negocio con billetes que se disparan de precio y estafas que se aprovechan sin escrúpulos del dolor. Y los que siempre hacen campaña y no dejan de hacerla porque primero son ellos y su ruido insoportable que no pretende solucionar, solo ensordecer. La rueda que gira y gira y nos pone unos pensamientos encima de otros para que no los acabemos de desgranar.
Cuando hay un accidente nos enteramos de una serie de datos que no habíamos oído nunca o que, si alguna vez se habían explicado, habían pasado desapercibidos. En las desgracias ponemos más atención. Uno de estos datos es que España es uno de los países con más red de trenes de alta velocidad del mundo. La frase, en sí misma, ya suena un poco extraña. Pero empeora con el dato siguiente, porque a raíz de la tragedia hemos sabido que los diferentes gobiernos españoles han dedicado mucho más dinero a ampliar esta red que a mantenerla. De hecho, han destinado la mitad de la media que invierten los países de la Unión Europea. Es decir, en España hay más red y menos mantenimiento. Este tipo de decisiones solo puedo entenderlas como competitivas y partidistas, porque no tiene ningún sentido ser los primeros en algo si de esa cosa no te haces cargo como es debido. En general, si no vivimos por encima de nuestras posibilidades, lo más sensato es que, si de lo que ya tienes no puedes ocuparte como toca, no intentes hacerlo crecer, porque la bola todavía se hará más grande. Y con la bola de transportar personas de un sitio a otro no te la juegues. O mejor dicho, con la vida de las personas no te la juegues, como principio. Que la vida ya se la juegan las personas ellas solas. Pero más allá de los transportes y más allá de términos económicos, en otras ocasiones debemos decidir si queremos ampliar o mantener. Lo que sea. Desde los amigos hasta la familia o la cocina de casa. Y ampliar y mantener no son palabras contrarias. Podemos ampliar y ocuparnos del mantenimiento de la ampliación. Pero para hacerlo debemos tener un plan. Una coherencia. Un sentido común que escasea, a menudo por cinismo y por maldad. Porque si no podemos, ¿por qué ampliamos? Y si podemos ampliar y no nos ocupamos, ¿por qué lo hacemos? ¿Cuándo asumiremos que no tiene ningún sentido continuar creciendo si no nos hacemos grandes de verdad?
Desgraciadamente, muy desgraciadamente, lo que está ampliando España son las tragedias evitables. Y este debería ser el único viaje que terminara en seco.