Los Andic y el morbo
Es bastante desalentador que, nada más aparecer la noticia de la detención de Jonathan Andic como acusado (pero no culpable, ni juzgado ni sentenciado) de la muerte de su padre, la reacción de muchos compatriotas fuera preguntarse cuándo haría Carles Porta un capítulo de Crims. El interés popular (si no, el que se podía constatar en Twitter) llegó al punto de que el mismo Porta se vio obligado a publicar un tuit recordando a la buena gente que eso sería precipitarse. (Pero también anunciaba que “intentarán hacer el caso Andic”, porque efectivamente el programa consiste en recreaciones documentales y dramatizadas de casos reales de crónica negra). Tampoco debemos escandalizarnos de cosas que son más que sabidas. El crimen es morboso, los parricidios son morbosos, los crímenes y los parricidios de los ricos y los muy ricos son más morbosos aún (porque, sí, al populacho le entusiasma que los poderosos caigan dentro del mismo fango que el resto de los mortales: de eso van las tragedias clásicas), y todo este morbo, cuando da con la tecla adecuada del éxito, vende siempre enormes cantidades de lo que sea: entradas, ejemplares, descargas, espectadores. Ahora bien, el crimen no es un asunto banal. Es triste y sórdido, como sabemos por Dostoievski, que en Crimen y castigo narra un crimen entre pobres. También es filosófico y espeluznante, como nos enseña Tolstói en La sonata a Kreutzer, un marido que mata a su esposa, en un matrimonio bienestante, porque no puede soportar el acto sexual. Liberador y abismador, como leemos en La infanticida de Víctor Català, o vengativo y tenebroso como en El barril de amontillado, de Edgar Allan Poe. Todavía puede ser, además, hilarante, como demuestra Thomas De Quincey en El asesinato entendido como una de las bellas artes. Puede convertirse en una fuente de entretenimiento cuando se plantea en forma de rompecabezas que hay que resolver, como en la infinidad de relatos (literarios, cinematográficos, televisivos) que responden a los esquemas de las historias de Sherlock Holmes, Hercule Poirot o el comisario Maigret. Debemos añadirle naturalmente la aspereza y la turbidez del hard-boiled norteamericano, la frialdad del polar francés o las iluminaciones mediterráneas del giallo italiano.La cosa se vuelve menos interesante cuando cae en el sensacionalismo, en el oportunismo o en una especie de catarsis para ciudadanos de comunidades nacionales decaídas (“es que nosotros, si nos lo proponemos, también somos capaces de matarnos, oiga”). Hay dos referentes más, las novelas A sangre fría de Truman Capote y El adversario de Emmanuel Carrère, que se han convertido en justificaciones fáciles para todo tipo de programas, pódcasts y más novelas de lo que se conoce como true crime, una denominación donde lo que tiene verdadero poder de atracción es más el true que el crime: un público deseoso de consumir recreaciones de crímenes reales, con su sangre y su hígado, para poder irse a dormir calentito a continuación. Y que, cuando les llega la noticia de un crimen sonado, ya imaginan pavlovianamente la narración que hará su programa de cabecera. No deja de ser, también, una imagen de país.