Anne Carson, desdecirse para autoafirmarse
La noticia de que la poeta Anne Carson ha sido galardonada con el Nobel tiene un punto de profecía autocumplida: así como algunos Nobel recientes (como la también poeta Louise Glück, como Annie Ernaux, como Han Kang o como el de justo la edición anterior, László Krasznahorkai) constituyeron ligeras y agradables sorpresas, el de Anne Carson brilla por su contundencia. “Ah, claro, Anne Carson”, deben haber dicho los muchos miles de lectores de sus versos en todo el mundo. Cuando digo que los antes mencionados fueron “ligeras y agradables sorpresas” quiero decir que no eran del todo inesperados: figuraban en “las quinielas” del Nobel, en las listas de autores candidatos a recibir el galardón, pero tal vez en lugares menos visibles de estas listas. Anne Carson no: Anne Carson ya hacía años que estaba entre los nombres que las encabezan, y no está fuera de lugar imaginarla, en los últimos años, esperando la llamada de la Academia Sueca. Un poco como Paul Valéry, que estuvo entre los candidatos doce o trece años seguidos, y cada año, cuando llegaban las fechas del Nobel, se iba a dar largos paseos para desahogar los nervios. Murió sin recibirlo, justamente el año en que los académicos suecos se habían decidido –dijeron– a dárselo. Anne Carson ha declarado que ella también saldrá a pasear por el bosque, pero en su caso “para no tener que contestar al teléfono; después, disfrutaremos del silencio”.
El silencio es un asunto recurrente en la poesía de Anne Carson, a veces como un espacio del dolor y otras veces como una oportunidad de refugio. La poesía de Anne Carson parte de la constatación de que la existencia es un hecho a menudo difícil de soportar: la existencia del mundo y la propia. Por eso sus versos –largos, discursivos, a veces admonitorios– dan a menudo cabida a una visión del lenguaje como instrumento para acceder a la disolución del yo, o, cuando menos, a su desmembramiento, como sucede en Decreación o en Autobiography of red. Otras veces el yo, en los poemas de Carson, se deshace en contacto con los egos de los otros, como ocurre en La belleza del marido, impresionante crónica en verso de la desintegración de una pareja. O busca un lugar donde esconderse dentro de la literatura, como en Albertine. Rutina de ejercicios, donde el personaje de Albertine (la fugitiva de la Recherche de Proust) se convierte en un alter ego de la poeta, a causa de un espléndido proceso de transliteración y transmutación de voces y textos.
La poesía de Anne Carson es culturalista, pero tiene la rara virtud de conectar con públicos amplios, por su fría, y a la vez apasionada, manera de retratar la insatisfacción de estar vivos, y de estar vivos en el tiempo que a ella le ha tocado vivir, entre los siglos XX y XXI. Utiliza referentes como los mitos clásicos, y los grandes textos de la Antigüedad (pero también de la Modernidad, como Proust) como correlatos de la frustración que produce la autoconciencia en la autora misma, una frustración compartida con sus conciudadanos. Podéis leer a Carson en castellano, publicada por la editorial Vaso Roto y magníficamente traducida por Núria Busquet Molist.