Armenia refuerza su apuesta europea; ¿cómo responderá la UE?

Armenia quiere seguir acercándose a la Unión Europea. Como Moldavia hace casi un año, la batalla ideológica entre Moscú y Bruselas ha marcado las elecciones del domingo en este pequeño país del Cáucaso sur y ha refrendado el actual gobierno de Nikol Pashinyan. El partido del primer ministro, Contrato Civil, se ha llevado prácticamente el 50% de los votos. Los tres partidos prorrusos han sumado un 37% de los votos y han reforzado su presencia en el Parlamento, liderados por Armenia Fuerte, la formación del multimillonario ruso-armenio Samvel Karapetyan, actualmente en arresto domiciliario por haber defendido, presuntamente, el derrocamiento del gobierno.  

Eran las primeras elecciones legislativas desde la traumática derrota militar contra Azerbaiyán en 2023, y la campaña ha sido sucia y altamente polarizada. El país está dividido, pero no por el eje izquierda-derecha, sino por profundas divergencias en torno a la seguridad, la identidad y la política exterior. Los partidarios del gobierno defienden el reforzamiento de los vínculos con la UE como parte de la reforma democrática y la autonomía estratégica. Los opositores presentan la integración europea como un debilitamiento de las alianzas tradicionales y una amenaza contra la identidad nacional, que ya se ha traducido en concesiones a Azerbaiyán y una intensificación de las negociaciones con Turquía. 

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Pashinyan ha ganado, pero ha perdido capital político. “Con esta oposición, gran parte de la responsabilidad de hacer rendir cuentas al gobierno continuará recayendo sobre la sociedad civil y los medios de comunicación”, explicaba el lunes desde Ereván una activista armenia por los derechos civiles.

Armenia es una democracia frágil, con un sector judicial pendiente de reformas y altos niveles de corrupción. Pero también es un país con una sociedad civil muy potente.

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Los resultados electorales del domingo son, sobre todo, un mensaje en favor de la diversificación. El país necesita abrir nuevas rutas comerciales. Le hacen falta alternativas y tiempo para diversificar una economía todavía fuertemente dependiente de Rusia. “Sin abrirnos a la región no podemos desconectarnos de Rusia”, admitía hace unos meses un alto cargo del partido gubernamental.

Los críticos de Pashinyan no le han perdonado que haya hecho concesiones a favor de la paz con Azerbaiyán, con la firma de un acuerdo auspiciado por Donald Trump, ni la búsqueda de un proceso de “normalización” en las relaciones con Turquía, que ha sacado la memoria del genocidio de la ecuación. Al mismo tiempo, sin embargo, la derrota en el Alto Karabaj también supuso una profunda pérdida de confianza en Moscú como garante de la seguridad y facilitó el giro de Ereván hacia el oeste y el desafío a décadas de narrativa oficial construida sobre la idea de que Armenia no puede sobrevivir sin Rusia.

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“Armenia es un país en medio de una guerra híbrida”, aseguraba hace unos meses un destacado miembro del gobierno de Pashinyan. La campaña electoral ha reforzado esta sensación: oligarcas aterrizados desde Rusia, transferencias de dinero que las criptomonedas han hecho más difíciles de rastrear, movilización de votantes y un largo repertorio de desinformación y vídeos falsos en un sistema mediático totalmente polarizado.

La Rusia del 2026, sin embargo, no es la misma que la de antes de la invasión de Ucrania. Su capacidad de proyectar poder depende, en estos momentos, del final de una guerra de desgaste con un horizonte aún incierto.

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Precisamente por eso, los resultados del domingo también representan una oportunidad estratégica para la UE. Ha llegado la hora de que la Unión “tenga un plan” para Armenia, como reclamaba uno de los negociadores de Pashinyan a un grupo de expertos europeos con quienes se reunió en Ereván hace unos meses.

Como siempre, la unidad de los Veintisiete se pierde en agendas internas. Francia, con una gran diáspora armenia, es el país más influyente en la zona. Polonia y Lituania –con su propia experiencia possoviética– avalan claramente el acercamiento de Armenia, mientras que Hungría de Viktor Orbán había sido, hasta ahora, la más reticente a reforzar las relaciones. Otros países, como Italia, que dependen del gas de Azerbaiyán, son más esquivos en su apoyo. 

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“Es extraño que países que no tienen ningún interés en la adhesión a la UE tengan mejor relación con Bruselas que los que aspiramos a ser candidatos”, se lamentaba un miembro del gobierno. El giro transaccional de la Unión, empujada a diversificar el acceso a los hidrocarburos, ha jugado a favor de reforzar los acuerdos comerciales con el régimen autocrático de Bakú, lo que ha agravado aún más la brecha que separa, desde hace tiempo, el discurso de la UE y su compromiso real.

Bruselas es un actor sobre el terreno, pero es la administración Trump quien capitaliza la influencia política. China busca reforzar su presencia en la región, y la guerra de Irán ha aumentado la sensación de vulnerabilidad en unos países que se sienten atrapados en una encrucijada geopolítica cada vez más volátil.