Los asientos reservados
La cuestión de los asientos reservados en el tren, para embarazadas, ancianos, padres con un bebé o gente con dificultades para moverse, no es vinculante. Estos asientos se recomienda que se cedan, pero no se obliga a ello. Yo estoy en un momento muy delicado de la vida: si me lo ceden, me enfado; y si no me lo ceden, también.
Cada vez más (hablo de los “catalanes”, que la Renfe no la gasto tanto) hay personas que, educadamente, piden a los jóvenes sentados que se levanten. Y los interpelados siempre lo hacen. Alguna vez, alguna persona me ha pedido a mí si me podía levantar, y yo, feliz, he dicho que sí, rejuvenecida de golpe. Ahora bien, por las mañanas, los asientos reservados están ocupados por madres (o canguros) y criaturas. Criaturas de ocho, nueve, diez años, que no tienen ningún aparente problema de movilidad. Ni miran a los abuelos o los semiabuelos que van de pie, y las madres (o canguros) en ningún momento les dicen que se levanten. Al contrario, les preguntan qué querrán comer, si les apetece jugar a alguna cosa, de qué quieren hablar o –claro– si quieren ver alguna película en el móvil o escuchar alguna canción.
Los pequeños reyecitos deberían levantarse, saber que no te puedes acostumbrar a que todo sea fácil, saber que la frase “qué te apetece” puede ser una trampa adictiva y mortal. Aprender a mirar alrededor y entender que estos mayores que van de pie tienen justamente más derecho a sentarse, y que ellos se tienen que cansar y fastidiar y enfadar por la pequeña desdicha. Que aquella palabra que ahora parece tan facha, urbanidad, es necesaria. Que nos hace falta un contrato social, quizás con niños con voz y voto, claro, pero en una república, no en una monarquía absoluta donde ellos son los reyecitos.