Autoridad y pupitres

La huelga de Enseñanza no es una protesta laboral sino un diagnóstico de país. El malestar de los maestros y de las familias apunta precisamente aquí. No habla únicamente de salarios, de horarios o de burocracia. Habla de una fatiga más profunda: la escuela ha quedado atrapada entre exigencias crecientes y una progresiva erosión de la autoridad, del prestigio y de la función docente, y muchas familias tampoco están satisfechas. 

Durante años, la educación ha sido presentada casi como la respuesta universal a todas las fracturas sociales. A la escuela pública le hemos pedido integrar culturas, compensar desigualdades, educar emocionalmente, prevenir violencias, gestionar conflictos, adaptarse a la revolución digital y mantener, al mismo tiempo, unos buenos resultados académicos. Pero mientras aumentaban las responsabilidades, disminuía la confianza social en la figura del maestro y en la calidad de la docencia. 

Cargando
No hay anuncios

La crisis de Enseñanza tiene en el desprestigio de la autoridad uno de sus orígenes. La palabra autoridad se ha ido convirtiendo en sospechosa. Demasiado a menudo se ha confundido con autoritarismo, imposición o jerarquía rígida. Pero la autoridad democrática no es eso. Hannah Arendt recordaba que educar implica asumir “responsabilidad por el mundo”. El maestro representa algo más que una función administrativa: representa el conocimiento, la experiencia y la transmisión de un legado compartido. Cuando la sociedad cuestiona sistemáticamente esta autoridad, lo que acaba debilitando no es solo la posición del docente, sino la misma idea de transmisión cultural. Pero la autoridad se alimenta también de compromiso y el hecho de que los maestros no dieran el paso adelante, que dieron otros sectores, durante el confinamiento, amplió la brecha entre docentes y familias. Los malos resultados de PISA y la falta de adaptación pedagógica a la IA tampoco han ayudado a la aproximación. 

Tenemos una sociedad saturada de información, pero con dificultades crecientes para distinguir entre conocimiento y ruido. La escuela compite hoy con pantallas permanentes, con lógicas de inmediatez emocional y con una cultura de consumo rápido que ha alterado profundamente la atención, la lectura y la relación con el esfuerzo intelectual.

Cargando
No hay anuncios

En este contexto, muchos docentes sienten que ya no solo enseñan. Gestionan emociones, evitan conflictos, negocian límites e intentan sostener una autoridad que antes la sociedad reconocía de manera natural. Ser profesor había sido una figura de referencia cultural. Ahora, a menudo, el maestro es percibido como un gestor de servicios educativos sometido a una fiscalización constante de familias, administraciones y entornos digitales.

El pedagogo Gregorio Luri insiste en que una parte del malestar docente nace precisamente de esta sensación de desconexión entre los discursos pedagógicos y la realidad de las aulas. Durante años, el debate educativo se ha llenado de conceptos solemnes –competencias, innovación, transversalidad, personalización– mientras muchos maestros experimentaban una pérdida progresiva de tiempo, de reconocimiento y de autonomía real. La paradoja es que nunca habíamos hablado tanto de educación y, al mismo tiempo, nunca había habido tanta sensación de frustración. Sobre esto, es recomendable leer el libro Tiempo para la escuela, de Montse Jiménez, Carme Ortoll y Coral Regí. 

Cargando
No hay anuncios

También hay otra cuestión incómoda: la relación entre igualdad y conocimiento. Si la escuela relativiza la exigencia intelectual, los alumnos más vulnerables son los primeros perjudicados. Las familias con más capital cultural pueden compensar fuera del aula aquello que la escuela deja de transmitir. Las otras, no. Por eso el debate sobre la autoridad no es reaccionario ni nostálgico: es profundamente democrático.

Y probablemente esta es la cuestión de fondo. La escuela no necesita volver al autoritarismo del pasado. Necesita reconstruir una autoridad basada en el conocimiento, en el ejemplo, en la responsabilidad y en la confianza social. Ningún sistema educativo puede funcionar si sus maestros se sienten solos, cuestionados y permanentemente deslegitimados. Pero tampoco puede funcionar si los resultados escolares son precarios y los maestros abandonan la brújula que dice que su norte es el crecimiento intelectual de los alumnos. 

Cargando
No hay anuncios

La capacidad de construir un mundo compartido depende de la calidad de la escuela. Nos estamos jugando la cohesión social, el funcionamiento del ascensor social y el progreso económico del país. Por eso, si hacen falta mossos para mantener el orden, algo que han pedido los mismos directores de centros complicados en privado, que estén. Si hace falta mejorar ratios, dignificar a los vigilantes y subir sueldos, que se haga, pero que también se pueda puntuar la calidad de los centros y los docentes para saber si cumplen las expectativas de una sociedad que los necesita formados e implicados.