Aznar en Ceuta

El “quien pueda, que haga” bien entendido empieza por uno mismo, y de acuerdo con esta evidencia, el expresidente de España José María Aznar se ha materializado en Ceuta, adonde no volvía desde el año 2004, con el único propósito de intensificar la crispación y desgastar un poco más a Pedro Sánchez y su gobierno: no en vano, el mismo Aznar ha señalado varias veces al actual gobierno de España como el causante de una crisis institucional sin precedentes, ante la cual todos los medios son lícitos. Es curioso, por otra parte, que él también haya acabado haciendo como otros líderes de la derecha extrema y de la extrema derecha (no es un juego de palabras, o no solo) españolas: imitar a sus propios agitadores. Así, Aznar va a Ceuta a dar espectáculo, como un Vito Quiles o un Alvise Pérez de la vida. Esta táctica de hacerse presente en lugares sensibles para ejercer allí provocaciones burdas se convirtió en una herramienta política habitual de los Ciudadanos de Albert Rivera e Inés Arrimadas, y forma parte del legado tóxico que aquella formación de ultraderecha (no era otra cosa) dejó dentro de la política catalana y española.Hablando de legados, de alguna manera tiene sentido que Aznar vaya a Ceuta, ni que sea para cerrar un círculo que allí abrió hace veinticuatro años con la campaña por la soberanía del islote de Perejil. Aquel episodio fue tildado en su momento de grotesco por muchas voces, porque sin duda lo era. Pero se trataba del mismo tipo de grotesco que hoy comemos a cucharadas: el del patriotismo constitucional a la española, una manera elegante de llamar al ultranacionalismo de toda la vida, hoy convertido en espacio político que comparten / se disputan PP y Vox, así como una vasta colección de entidades civiles que levantan la bandera (constitucional o no) y también el brazo y la cara al sol con energías renovadas. El pionero de este retorno de la derecha española más rancia fue Aznar, primero desde el gobierno y después desde la FAES, un artefacto a medio camino entre el lobby y el think tank que ha ido construyendo el discurso y la doctrina del nacionalismo español más duro a lo largo del último cuarto de siglo. Una parte del PSOE también gravita allí (comenzando por otro expresidente, Felipe González; es curioso que las investigaciones sobre actividades y patrimonio de expresidentes españoles hayan comenzado por Zapatero y no por Aznar o González, ni tampoco Rajoy), y el mensaje principal es claro: cuando se trata de España (que para toda esta gente significa un sistema de enriquecimiento personal), no hay bromas. Cuando Aznar empezó a reivindicar el españolismo sin complejos, a poner banderas por todas partes y a ir a guerras de broma como la de Perejil o de verdad como la de Irak no podía imaginar que vendría una ola de extrema derecha en todo Occidente que daría mil caballos de fuerza a sus ideas. Pero la ola ha venido, y él y su entorno se han subido con entusiasmo. Aznar va a Ceuta a proclamar el orgullo de los herederos de los que ganaron la Guerra Civil, y a dejar claro que están dispuestos a volver a ganarla (y dar la culpa a los vencidos).