Barcelona, ciudad latinoamericana

Veo a don Joan Maragall rodando por La Rambla con un sombrero mexicano recitando en VOZ alta y pasando la alcancía: “¡Barcelona nuestra! ¡La gran hechicera!”. Encantadora, fascinante, magnética. Como un sincrotrón humano, cultural, social, anímico, Barcelona se está transformando en una ciudad latinoamericana. Extremos. Ricos y pobres. Abundancia y miseria. Posibles e imposibles. Unos y otros. Entre. En medio de.

A un lado, un Tour lluvia rodada de millones. Al otro, un chiquillo de 15 años asesinado a tiros. Todo pasa en la misma ciudad. Diariamente. Pornográficamente. 3HD. Todo es multiplicado. Y lo será más. En directo y en cámara lenta. Como un anuncio de perfume que vale un ojo de la cara y que solo puedes ver pero no oler, comprar, tener. Barcelona son ya dos rebanadas caníbales mordiendo el jamón salado de la clase media barcelonesa. Bisagra, acordeón, chicle nuclear, original, histórico, estructural, esperanzador de una ciudad y de un país. La apuesta de Barcelona es Latinoamérica. ¡Ostras y pistolas! Y sobre todo venta absoluta de todo al por menor, a granel, a mansalva. Y expolio, robo, rapiña. 24 horas de buffet libre. Apocalipsis zombi. Capital de frikis color escarlata con dinero y universidad de gánsteres que quieren hacer. Barcelona, lobotomizadora, lavadora, barbacoa.

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Georgie Dann hace años que hace el verano en Cataluña. Queman las Gavarres. Tranquilos, a muchos les da igual. Solo les preocupa no poder ir a su residencia oficial del distrito XI de Barcelona, el Empordà. Les suda. Como el año pasado les sudaba por toda axila y orificio que quemara la Segarra. Recordatorio de ayer, hoy y mañana: el fuego es un lápiz que enseña geografía. Gracias a la pedagogía de las llamas muchos (no pocos) catalanes descubren pueblos, montañas, ríos de Cataluña. Incluso que viven personas cada día. Los incendios son fosforescentes de sangre que subrayan la Cataluña real y el mundo real. No, no es kétchup, sabor, olor, color de bolsa de plástico.

Lo sentimos cuando nos salpican con la mierda roja todos los charlatanes, chamanes, maestros sanadores que ahora nos hablan de la importancia de los campesinos, el sotobosque, el bosque, el ultrabosque, la gestión forestal, animal, sideral, el km 0, los tomates que mojan, la berenjena ecológica hecha por la sabia tramontana soplando en octogonal... Los líderes sectarios fracasados de una capital-país fracasado. Los profetas analfabetos que desde los búnkeres del aire acondicionado llevan lustros riñéndonos como curas reaccionarios enronquecidos explicándonos quiénes somos los que no son ellos. Y qué debemos hacer y cómo debemos vivir en el territorio-crematorio-mortuorio. Pues la hora es y os es llegada.

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Como dijo aquel: Latinoamérica es el futuro. El futuro, el futuro… Siempre es el futuro. Un futuro que nunca llega. Un futuro que hasta todos los latinoamericanos venidos a Cataluña tienen miedo de que llegue: que Cataluña se convierta en Latinoamérica. Huyen de eso. Porque la hipótesis es un runner dictatorial: camina, corre, como las llamas hacia el crepúsculo, a la menstruación, a la barbacoa del horizonte: podemos morir quemados en Cataluña. Literal y metafóricamente. Elige tu aventura. Y elegir es opinar. Por eso, ahora que Maragall ya es latinoamericano, cogemos el extintor de en Màrius Torres: “Yo quiero la paz, pero no quiero el olvido”. El futuro final, aún no lo sabemos, pero el agua la pagaréis cara.