Un grupo de jóvenes migrantes al lado del paso fronterizo de Tarajal, en Ceuta, hoy viernes 31 de julio.
31/07/2026 - 12:21 h.
Psicólogo y escritor
3 min

Con mi pasaporte español puedo ir a Marruecos siempre que quiera. Cojo un avión, aterrizo en Marrakech, en Tánger, en Casablanca, en Essaouira o en el desierto, entro, salgo y vuelvo a casa sin pensarlo mucho. Como tantos otros europeos, disfruto del charme de Marruecos, de su luz, de la gastronomía, de la sensualidad de sus calles, de la amabilidad de su gente. Hago fotografías, compro especias, libros o alfombras y, cuando se acaban los días de vacaciones, vuelvo a Barcelona.

No soy objetivo. Marruecos es también mi país, y siempre que puedo vuelvo. Este año ya he viajado cuatro veces y en octubre volveré para celebrar los sesenta años de mi amigo Quim. Iremos catorce personas. Cenaremos en un restaurante donde, después de comer, una banda toca música en directo y todo el mundo acaba bailando hasta bien entrada la madrugada. En solo tres días viviremos aquella mezcla de belleza, caos, hospitalidad y alegría que hace tan especial aquel país.

Confieso otra cosa. Una de las cosas que más feliz me hacen es llevar allí a amigos. Me encanta ver cómo se enamoran del país, cómo descubren a su gente, cómo vuelven con la sensación de haber vivido algo más intenso que unas simples vacaciones.

Pero cada vez que voy también hago otra cosa: observo a los jóvenes.

Los observo en los cafés, en las calles, en los hoteles, conduciendo taxis, trabajando en los restaurantes o estudiando. Algunos provienen de familias acomodadas; otros, de barrios muy humildes. Todos, o casi todos, comparten una misma mirada hacia el futuro. Sueñan. Y muchos de ellos sueñan exactamente con lo que yo hago sin darle importancia: poder ir y volver. Poder ver mundo. Poder decidir dónde vivir, dónde estudiar o simplemente dónde pasar un fin de semana.

Cuando en Europa hablamos de migración, casi siempre hablamos de pobreza, de guerras, de hambre o de pateras. Y todo eso existe. Pero hay otra realidad de la que hablamos muy poco: la frustración cotidiana de saber que el mundo está abierto para los demás y cerrado para ti.

Imagínese ser un chico de veinte años en Casablanca, en Nador o en Tánger. Ver cada día turistas que entran y salen de tu país con absoluta normalidad mientras tú necesitas visados imposibles, justificantes, dinero, invitaciones y, a menudo, acabas recibiendo un no. Imagínese crecer ante una frontera que te recuerda, día tras día, que hay personas que nacen con derecho a moverse y otras que tienen que pedir permiso para respirar un poco más allá.

Si yo fuera uno de esos jóvenes, creo sinceramente que viviría obsesionado con la frontera. No porque odiara mi país, sino porque querría ejercer una libertad que vería cada día en los demás. La frontera acabaría ocupando un espacio dentro de mí. Saltar la dejaría de ser solo un acto físico para convertirse en una necesidad existencial.

He cruzado muchas veces las fronteras de Ceuta y Melilla. Las crucé antes de tener el pasaporte español y las he seguido cruzando después. Las dos experiencias no tienen nada que ver.

Antes hacía cola durante horas, rodeado de personas que esperaban resignadas detrás de vallas y controles. Recuerdo perfectamente la sensación de avanzar lentamente, como si fuéramos un rebaño, mientras observaba a otras personas cruzar casi sin detenerse, protegidas por su pasaporte europeo.

Después obtuve el pasaporte español. De repente, la misma frontera se convirtió en un simple trámite. La cola ya no era para mí. Las puertas se abrían. Nadie me miraba con sospecha. Yo había cambiado muy poco. Lo que había cambiado era el color de mi pasaporte.

Por eso, cuando oigo hablar de fronteras desde la comodidad de Europa, intento recordar aquella sensación. Las fronteras no solo delimitan los estados; también reparten privilegios. Y hay pocos privilegios tan invisibles como poder abrir un pasaporte sin darte cuenta de que millones de personas darían cualquier cosa por tener exactamente el mismo gesto.

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