En blanco y negro

Una empresa japonesa de alimentación ha anunciado que retira el color del envoltorio de sus productos debido a la escasez del material que se usa para la tinta en color. La causa son las restricciones comerciales en el estrecho de Ormuz, provocadas por la guerra de EE.UU. y de Israel contra Irán. Lo que puede parecer un hecho anecdótico es, en realidad, una metáfora muy ilustrativa de las consecuencias globales que comportan unas decisiones catastróficas. Y sí, también es solo un hecho meramente anecdótico porque en realidad afecta a productos de aperitivos sin los cuales es posible vivir (de hecho, que me los quiten de delante, por favor, que siempre caigo de cuatro patas, sobre todo si son en color). Claro que no es solo esta empresa la que se ve afectada por las restricciones en Ormuz ni son solo problemas de color y empresariales los efectos globales que causa una guerra. Y sobre todo, no olvidemos los efectos concretos de destrucción material y espiritual allí donde caen las bombas. 

Pero por aquello que dicen que una imagen vale más que mil palabras, es muy sugerente a dónde nos puede llevar el blanco y negro. Porque esta combinación puede ser o muy elegante o muy naftalínica, con aquel olor incluido de ese producto químico que en el mundo en color ya está prácticamente en desuso. Así que olvidemos la elegancia del blanco y negro y centremos en aquel blanco y negro que huele a pasado casposo que se resiste a marcharse. Un buen ejemplo es la rueda de prensa de Florentino y el hecho de dirigirse a una periodista como “niña”, con aquella naturalidad de cuando se vive en un mundo donde el poder va asociado a un machismo que, afortunadamente, cada vez se cuestiona más. Un señor en blanco y negro que se aferra a una silla y a unas formas que no acaban de marcharse nunca porque los naftalínicos siempre renacen, aunque las calles se los encuentren en color. O quizá justamente por eso. Claro que todo lo que venga de un presidente de un equipo de fútbol sorprende tanto como un retraso de Cercanías. 

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También es muy de blanco y negro la operación de los Mossos infiltrándose en asambleas de maestros y las explicaciones poco convincentes de la consellera Parlon y de Trapero, el director de la policía. "Quiero pedir disculpas al sindicato educativo por esta sensación de desconfianza", dijo Parlon en su comparecencia. Mujer, diría que la desconfianza en este caso no es una sensación. Es muy grave lo que vemos en las protestes legítimas de los maestros y en cómo se está haciendo frente a un problema gravísimo como es el que vive el mundo de la educación. Para empezar, los Mossos ya hace días que deberían haber salido de esta ecuación. De hecho, no deberían haber entrado nunca. Para que no se acabe imponiendo el blanco y negro. O el gris, que hace mucho más para la memoria de un país como el nuestro. Un país, por cierto, donde el espionaje y la infiltración ya llevan cola desde hace tiempo de una manera injustificada. Por eso, no partimos de sensacionessino de hechosmuy concretos, en los cuales los derechos fundamentales se ven agredidos con impunidad total. 

En Japón hay una ley que obliga a que las galletas sean exactamente como se muestran en el paquete que las contiene. Que lo que ves por fuera sea lo que encuentres dentro. Ahora las galletas no serán en blanco y negro aunque lo sea el embalaje. Por eso ya alertan del cambio, para que no haya sorpresas. Pero en el mundo hace muchos años que alertamos de que el blanco y negro se va imponiendo sin complejos y que la pérdida de color no se resolverá comprando más tinta.