El califato que llevan colgado
Jordi Aragonès, que es el candidato a la alcaldía de Barcelona del partido triunfador del CEO, la ultraderechista Aliança Catalana, dio hace unos días una entrevista al diario Abc, para aquello de que no se juntan que no se parecen.El titular que escogió el rotativo fundado por Torcuato Luca de Tena causó impacto en las redes: “No debemos enfrentarnos catalanes y castellanos, el enemigo común es el califato”. El resto de la entrevista versaba sobre las propuestas del partido de Sílvia Orriols para la capital catalana. ¿Vivienda? Desregulación del mercado y construcción a granel. ¿Maragall o Pujol? Noucentisme, Catalunya ciudad, orden, disciplina, misa diaria y acostarse con las criadas (esto no lo decía la entrevista, pero era inherente al discurso del candidato). De la entrevista también se desprendía que los dirigentes de AC tienen tanta intención de llevar Cataluña a la independencia como de meter los dedos dentro de un enchufe. La independencia es, para ellos, la zanahoria para atraer votantes incautos, un añadido pegado al frontal de la gorra de béisbol trumpista. La revisten, la zanahoria, con un estucado etnicista que no la hace más viable, pero sí más tóxica.En su vertiente ideológica (además de candidato a Barcelona, Jordi Aragonès dice que es ideólogo del partido), Aliança Catalana recupera –no es ninguna novedad– una especie de fascismo pequeñoburgués, aquello que podríamos decir un fascismo cagado. No son propiamente fascistas: son cagaditos de fascista, con ínfulas intelectualoides y un horizonte mental de beata de pueblo. Son la estación de llegada de un largo itinerario de degradación que se ha autoinfligido el independentismo durante casi diez años de dar cuerda a fantasmas que imparten lecciones de patriotismo resentido y mediocre. Los dirigentes de AC aspiran a jugar en la liga del fascismo de baja o no tan baja intensidad, este que empieza a ser lo bastante fuerte en Europa (con figuras como Meloni en Italia, Alice Weidel y Tino Chrupalla en Alemania o Marine Le Pen en Francia) para imponer una aberración como el PEMA –el Pacto Europeo de Migración y Asilo, en vigor desde el pasado 12 de junio–, para enviar a los inmigrantes ilegales a campos de detención en países extracomunitarios. El enemigo cohesionador no puede ser España, precisamente porque es un país europeo y católico, porque esperan que pronto esté gobernado por sus correspondientes españoles (Vox y PP) y porque, mira tú por dónde, Cataluña sigue formando parte de él y bien habrá que hacer negocios ahí. El enemigo cohesionador, por lo tanto, será el de siempre: el pobre. Entre los pobres, el inmigrante. Entre los inmigrantes, el magrebí, el musulmán, el moro. El califato, que prepara secretamente la sustitución de los catalanes, otra zanahoria tóxica que apela al miedo y a la miseria humana, untada con desinformación y aporofobia. En esto sí que AC representa el viejo fascismo de siempre: el racismo, el supremacismo, el señalamiento del débil como enemigo y como amenaza. Es objetivamente desagradable tener que ver renacer esta mala hierba. Cuando empiece la gran sustitución, que los sustituyan a ellos los primeros.