Momento de la detención de una persona vinculada a un robo.
Economista
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Estos días se acumulan las noticias sobre tiroteos, bandas organizadas o armas blancas en la ciudad de Barcelona. No sé si estamos ante un cambio de tendencia o simplemente ante una mayor visibilidad mediática. Pero todas ellas me han hecho recordar a un economista que recibió el premio Nobel por formular una pregunta sorprendente: ¿y si parte de la delincuencia pudiera analizarse también como una decisión económica?

Gary Becker revolucionó la economía al aplicar sus herramientas a ámbitos que hasta entonces parecían reservados a la psicología o la sociología. Estudió la discriminación, la familia, la educación y también el delito. Su planteamiento era tan sencillo como provocador: muchas personas que delinquen realizan, de forma consciente o intuitiva, un cálculo entre los beneficios y los costes esperados de su futura acción.

Ese coste depende de tres factores. Primero, del beneficio que proporciona el delito. Segundo, de la probabilidad de ser detenido y condenado. Y tercero, de la severidad de la pena si finalmente llega el castigo.

Imaginemos un ladrón que espera obtener un gran botín y cree que tiene muy pocas posibilidades de ser detenido. Aunque las penas sean elevadas, el riesgo que percibe puede seguir compensándole. En cambio, si considera muy probable acabar ante un juez, el incentivo para delinquir disminuye de forma considerable. Desde esta perspectiva, la eficacia policial y judicial puede ejercer un efecto disuasorio tan importante como el endurecimiento de las penas.

Naturalmente, no todos los delitos responden a un cálculo racional. Existen agresiones impulsivas, problemas de salud mental, violencia emocional o conductas difíciles de explicar mediante incentivos económicos. Becker nunca sostuvo lo contrario. Su teoría se refiere sobre todo a aquellos delitos en los que existe planificación, organización y una expectativa de beneficio: robos, atracos a bancos, asaltos a comercios…

Por eso, cuando aparecen noticias sobre bandas criminales o delincuencia organizada, merece la pena recordar esta teoría. La pregunta deja de ser únicamente cuántos delitos se cometen y pasa a ser también qué incentivos perciben quienes los cometen. ¿Consideran que el beneficio compensa el riesgo? ¿Creen que la probabilidad de ser detenidos es baja? ¿Perciben las consecuencias penales como un verdadero coste?

La economía no sustituye al derecho ni a la criminología. Aporta otra manera de observar el mismo fenómeno. Y ahí reside el valor de las aportaciones de Becker. Más de medio siglo después, su teoría sigue invitándonos a formularnos estas preguntas porque, si una parte de la delincuencia responde a incentivos, repensar tales incentivos puede ser el primer paso para diseñar políticas más eficaces.

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