Cataluña: país de inmigración, y de segregación

Personas de diferentes orígenes en Barcelona
Investigadora del CIDOB
4 min

Cartografiar la inmigración en Cataluña dice mucho de quién somos. En el interactivo publicado por el ARA esta semana, el azul que tiñe el conjunto del territorio, en diferentes intensidades, no deja lugar a dudas: somos un país de inmigración. Actualmente, el 24% de los catalanes ha nacido en el extranjero. Este porcentaje es comparable con el de países como Canadá y Nueva Zelanda.Pero no solo somos un país de inmigración sino que lo hemos pasado a ser muy deprisa. En dos momentos: entre el 2000 y el 2007 y, una vez pasados los efectos de la crisis económica, a partir del 2014. En los últimos años, a remolque del crecimiento económico, las cifras han ido aumentando significativamente. Si antes de la pandemia la inmigración aportaba anualmente unos 70.000 nuevos residentes, en los últimos años esta cifra ha llegado a los 110.000-120.000.El interactivo también muestra que somos un país de inmigración diversa. Diversa en origen: casi la mitad procede de América Latina (44,8%) y, en un grado más bajo, de Europa (22,1%), África (20,8%) y Asia (11,3%). La lista de nacionalidades se extiende hasta 170, lo que dibuja un panorama excepcionalmente plural. Pero la inmigración también es diversa en términos socioeconómicos: además de las personas que vienen buscando una vida mejor, Cataluña atrae a muchos ciudadanos de la Unión Europea y otros países de rentas altas, desde nómadas digitales hasta trabajadores de multinacionales y jubilados.Aunque en el interactivo no se ve, somos un país de inmigración joven. Uno de los rasgos diferenciales de las personas inmigrantes en Cataluña es su juventud: mientras que el 88% de los extranjeros tiene entre 15 y 64 años, el porcentaje de nacionales del mismo grupo de edad es del 66%. Tiene una doble explicación: llegan jóvenes, pero, además, tal como recuerda Andreu Domingo, los más jóvenes se incluyen en las llamadas “generaciones vacías” (como la de los millennials), es decir, generaciones marcadas por un descenso considerable de la natalidad. Ser un país de inmigración joven en un contexto de población envejecida implica que nuestro futuro está ligado al suyo.También somos un país de inmigración en toda su extensión: tanto en grandes ciudades como en zonas rurales. A diferencia de muchos países europeos, la población sigue siendo diversa cuando nos alejamos de los grandes núcleos urbanos. El interactivo también es muy claro al respecto: Barcelona y la mayoría de los municipios del entorno tienen menos inmigración que los del Alt Empordà, la Segarra y otros puntos de las comarcas de Girona y de Lleida. La razón es básicamente económica: la población inmigrante se concentra en los lugares donde dominan los sectores económicos en los que están sobrerrepresentados, como la agricultura y la industria cárnica, la construcción y el turismo. Si bien la inmigración se reparte a lo largo del territorio, somos un país de inmigración que segrega. Tal como muestra el interactivo, la población extranjera se concentra en determinados municipios o barrios. Por ejemplo, pasamos del 39% de Barcelona al 7% de Matadepera, y del 87,5% del Gótico al 24% de Sarrià-Sant Gervasi. A más segregación residencial, más segregación escolar. Por lo tanto, si bien somos un país de inmigración, la realidad es que las poblaciones con orígenes y posiciones socioeconómicas diversas no siempre se cruzan, ni en las calles ni en las escuelas.Como país de inmigración que segrega, la población inmigrante no solo se concentra en determinados territorios sino que, además, se distribuye de manera desigual en función del origen. Si bien los nacidos en América están representados en el conjunto del territorio, los nacidos en África son mayoría en Lleida y en el Eje Transversal, y los provenientes del resto de Europa están sobrerrepresentados en municipios como Sant Just Desvern y Esplugues de Llobregat. Tenemos, pues, un país en el que la diversidad se manifiesta de diferentes maneras. Si bien esto no tendría por qué ser un problema en sí, lo es cuando esta distribución refleja desigualdades en función de la renta.Somos, pues, sin duda, un país de inmigración. Pero corremos el peligro de ser también un país fracturado si los pobres son mayoritariamente los que percibimos como los “otros”, si la desigualdad (preocupantemente creciente) coincide con el origen y el territorio, si el lugar de nacimiento determina el lugar que ocupamos en el mercado laboral, si el origen de los padres condiciona de manera determinante los resultados escolares de sus hijos o si la concentración en determinados municipios y barrios, sin un acompañamiento y redimensionamiento de los servicios públicos, hace que los vecinos que no se han marchado se sientan abandonados.Ser un país de inmigración, como los Estados Unidos, el Canadá, Australia o Nueva Zelanda, siempre se ha mencionado como positivo. Pero, cuando los beneficios están concentrados (especialmente en los sectores económicos que dependen de estos trabajadores) y los costos se socializan (especialmente en determinados territorios y sectores sociales), ser un país de inmigración en estas circunstancias puede ser una auténtica bomba de relojería.

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