Mucho que celebrar

Esta semana me encontré por la calle a una colega especialmente querida desde las épocas de la facultad. Un mal día, el médico le dio un diagnóstico lo suficientemente grave como para salir corriendo hacia el notario, pero he aquí que le supieron encontrar el tratamiento (la investigación hace grandes progresos y vivimos en un país que los pone a nuestra disposición), y lo que sólo tenían que ser tres meses son ya más de tres años.

Estaba espléndida, risueña, tranquila: "Me voy, que he quedado con una amiga por celebrar". "¿Para celebrar qué?" Y dice: "Fíjate, yo que nunca había tenido nada claro, ahora tengo clarísimas las prioridades. Tengo claro que debemos celebrar mucho más las cosas de la vida. Que no debemos sufrir tanto, casi te diría que ni por los hijos, y que debemos estar más contentos y relajarnos más".

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Por un momento, tuve la sensación de que me hablaba desde un escalón de arriba en el que yo no podía situarme si antes no pasaba por un trance como el de ella. Pero, en realidad, todo el mundo sabe que no hace falta estar ante el anuncio espantoso de que pronto lo perderemos todo para valorar todo lo bueno que nos rodea.

No es fácil, porque no tenemos tiempo y vivimos rodeados de razones para estar enfadados, angustiados y adelgazados. Y nos dan pasar las ganas de celebrar nada. Siempre hay una peor noticia que la de ayer, y en las redes la gente puede ser tan cruel como cobarde. Y sin embargo, la esquina brillante de la vida es tan real como la miserable. Lo bueno de la vida ya está aquí, y lo único necesario es un poco de pausa para mirarlo con la atención que se merece y experimentar la alegría y las ganas de compartirlo que provoca. Pensé en estas cosas después de tropezar con esa amiga que tenía ganas de celebrar, y decidí que hoy se lo contaría.