Escuela pública y concertada: ¿qué une las movilizaciones?

La huelga de docentes, en Barcelona, el 11 de febrero.
12/03/2026
Doctora en ciències de l'educació
3 min

Estamos viviendo unas semanas intensas de huelgas, movilizaciones y acuerdos en educación. En el sector hay preocupación, incertidumbre, cansancio, pero también compromiso, entusiasmo y un empeño admirable por no dejar de hacer escuela.

Miles de profesionales de la educación han salido a la calle. Las huelgas les han dado altavoz para expresar su descontento por las condiciones salariales, laborales y organizativas del sistema educativo. Ha sido un tiempo de claras reivindicaciones: más recursos para hacer realidad una escuela inclusiva, menos burocracia, reducción de ratios y mejoras salariales. El Gobierno ha llegado a un acuerdo con algunos sindicatos, pero el debate y las movilizaciones en la escuela pública siguen.

También se han hecho reivindicaciones propias en las escuelas concertadas. Por primera vez, las familias, sindicatos y patronales se han aliado para que sus demandas se tengan en cuenta. Porque la infrafinanciación histórica de la concertada no cubre el coste real del alumnado y esto pone en riesgo la sostenibilidad de los centros y la gratuidad efectiva para las familias. El reciente acuerdo para la mejora de la financiación de la concertada es un paso decidido para su reconocimiento como parte estructural del servicio educativo.

Podría parecer que son luchas distintas. Pero, si miramos de cerca, lo que está en juego es el servicio de educación en Cataluña, y la calidad y la equidad del sistema educativo. Sobre el terreno, los maestros comparten alumnado, territorio y retos sociales. Cuando comienza la clase, lo que importa no es la titularidad del centro, sino la necesidad del alumno. Y cuando el interés del alumno se pone en el centro, pública y concertada cooperan. En muchos municipios, las comisiones de planificación, los planes educativos de entorno y las mesas locales contra la segregación implican a centros de ambas redes para distribuir matrícula viva, coordinar recursos e impulsar proyectos comunitarios. Ante los problemas concretos —la creciente vulnerabilidad, la complejidad en el aula, las transiciones educativas, el abandono escolar—, se impone una responsabilidad compartida y una gobernanza colaborativa.

Lo que está en juego es el derecho a la educación y los recursos para hacerlo posible. Uno de los lemas de las manifestaciones fue "Educamos el futuro con recursos del pasado". También se leía, en las pancartas, que "La vocación no justifica la precariedad" y que "La vocación no paga las facturas".

Hablemos de la vocación, porque estos días me ha golpeado una imagen: el abrazo entre dos maestros. Un gesto íntimo y emotivo que presencié en una formación casi con pudor, como si hubiera entrado sin avisar en un espacio sagrado. Se abrazaban después de reflexionar, a mi propuesta, en un claustro de primaria, sobre el porqué de ser maestros. ¿Qué te ha traído hasta aquí? ¿Qué te mueve? ¿Qué personas y momentos han sido decisivos en su trayectoria?

El abrazo expresaba que, más allá de las nóminas insuficientes, de la burocracia asfixiante y de los modelos de financiación, existe una historia personal que cuenta cada vocación y la convicción profunda de que, en educación, cada gesto cuenta y puede cambiar una vida. Había conciencia compartida de la dificultad y, al mismo tiempo, del privilegio de ser maestro. La percepción de que educar es un trabajo exigente, a menudo poco reconocido, pero profundamente transformador. La vocación docente no puede ser la excusa para precarizar la labor de nadie, pero tampoco es un detalle accesorio. La profesionalidad docente no se opone a la vocación: la hace posible y la sostiene.

Sin embargo, en este debate a menudo queda demasiado fuera de foco el papel clave de las direcciones escolares. En un momento en el que se negocian condiciones y cambios con los sindicatos, es un grave error menospreciar la profesionalidad de quien lidera los centros. Recortar autonomía o capacidad de decisión en las direcciones no refuerza el sistema: le debilita. Porque un buen director o directora es, sobre todo, quien crea las condiciones para que los docentes trabajen con sentido, confianza y motivación. El bienestar y calidad docente se construyen desde el liderazgo de los centros. En este sentido, la gobernanza en la pública y la concertada es muy diferente, y pone en peligro la mejora proclamada de la escuela pública.

La vocación docente es el corazón que hace latir el sistema; por eso, es necesario hablar de ello. Sin maestros comprometidos con lo que hacen no hay reforma que aguante ni presupuesto que salve nada. Si queremos un país que ponga la educación en el centro, necesitamos financiación justa y condiciones dignas, pero también gobernanza inteligente. Y para hacerlo posible, es necesario un liderazgo de las direcciones y un proyecto educativo de centro que permitan hacer crecer y cuidar la vocación, porque la escuela se construye con profesionales que, sin embargo, siguen creyendo que educar vale la pena.

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