¿Cuál es vuestro chivo expiatorio preferido?

Camareros y turistas en el centro de Barcelona.
Act. hace 15 min
Director adjunto de ARA
3 min

El chivo expiatorio es aquel que paga las culpas de otro: la expresión tiene su origen en el sacrificio ritual de un chivo (cabrito o cabrón) para expiar los pecados del pueblo de Israel, según se narra en el libro del Levítico. Una solemne barrabasada (en este caso, la expresión viene del malo del cristianismo, Barrabás). Hoy seguimos practicando sacrificios de un chivo, pero sacrificios metafóricos, sin sangre, de boquilla o de tuit. Funcionan bastante bien como mecanismo para desfogarnos.

En tiempos de agitación, quien más quien menos todos buscamos a alguien a quien atribuir nuestros enquistados males. La clase política (también llamada casta), así en general, son los que primero reciben. La inmigración, igualmente en bloque, ocupa el segundo peldaño del podio, codo con codo con el primero. En cualquier tertulia de amigos, conocidos o saludados, soltar alguna ocurrencia graciosa contra unos u otros sale gratis. Son el hazmerreír. Con ellos, políticos e inmigrantes, de entrada todo se vale.

En el tercer lugar, por méritos propios, están los españoles, que como chivo expiatorio nunca nos han abandonado –siempre en posiciones de podio– ni parece que vayan a abandonarnos: déficit fiscal, derecha rancia y ultramontana, izquierda con pulsión jacobina, justicia ultrapolitizada, persecución de la lengua catalana... Hay que reconocer que se lo trabajan con afán desde hace siglos, aunque, naturalmente, cuando los premiamos cometemos, de nuevo, un pecado de generalización y también, de paso, nos desembarazamos de las debilidades y miserias propias. En este tercer caso, además, hay reciprocidad: nosotros (los catalanes, también así en genérico) somos muy a menudo, y desde tiempos inmemoriales, el chivo expiatorio por excelencia de la vida política y social madrileña. Quid pro quo, vamos.

Aparte de estos casos tan famosos como maleables, de chivos expiatorios hay bastantes que usar (y no tirar). Son sumamente resistentes, casi no caducan nunca. Tenerlos a mano nos tranquiliza, aunque a menudo impiden que busquemos soluciones reales a los problemas concretos o que hagamos una mínima, e incómoda, introspección autocrítica.

La burocracia, parienta de la política y, hay que decirlo, con una base fáctica bastante sólida, es otro bastante común: es un chivo expiatorio que usan los agricultores, los maestros, los arquitectos y tutti quanti: los sufridos ciudadanos anónimos, es decir, todos juntos. El papeleo (ahora con brecha digital incluida) afecta del primero al último de la fila. Claro, queremos una administración garantista (que nos asegure nuestros derechos en todos los sentidos), pero que no nos quite tiempo ni nos dé trabajo. Equilibrio complicado, porque si aligeramos los controles, entonces abrimos la puerta al otro gran chivo expiatorio. Sí, lo habéis adivinado: los corruptos y corruptores. ¡La corrupción! Que en efecto también es una vieja compañera de viaje; incluso merecería ocupar un lugar en el podio principal, por ejemplo con una síntesis tan perfecta y habitual como esta: "La culpa la tienen los políticos, que son todos unos corruptos". ¡Patapam!

Que conste que no estoy negando la existencia de políticos aprovechados ni de burocracia ni de españolismo rancio ni de la dificultad de acogida de la inmigración. Solo constato que la mirada que proyectamos tiende a hacer una hipérbole pastosa sobre la cual proyectamos todos nuestros demonios y fantasmas. Es aquello de identificar un enemigo sencillo para descargar la ira, los miedos, las manías y sobre todo la impotencia para cambiar las cosas. Cuando una sociedad está bloqueada, cuando nadie ve la salida, cuando el pesimismo ha hecho un agujero psicológico colectivo de dimensiones gigantescas es cuando los chivos expiatorios adquieren el máximo protagonismo, que no siempre es meramente retórico. Sus hijos bastardos son el populismo ultra, la xenofobia, la antipolítica o la crítica sin matices a la cosa pública, hoy todos tan en boga.

Para calmarnos en situaciones de tensión, para salir del paso de crisis empantanadas, todavía hay más, de chivos expiatorios en el mercado de las ideas mainstream. Por ejemplo los turistas, como si no lo fuéramos todos en potencia y en acto. O, en el terreno ideológico, el tan manido buenismo, como si la bondad ingenua, pobrecita, fuera un enemigo más temible que la habitual maldad cínica. En fin, ¿cuál es el chivo expiatorio al que os cuesta más resistiros?

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