Las claves de la productividad

Pensemos en lo necesario para que una economía produzca bienes y servicios. En el centro están las personas que trabajan, de forma individual u organizada en empresas grandes o pequeñas. Todos usamos herramientas, maquinaria e infraestructuras. Dependemos mucho de los demás, nuestros proveedores: no somos un Robinson Crusoe haciéndolo todo solos. Finalmente, están los diferentes niveles de gobierno, que fijan las reglas del juego, las hacen cumplir y administran directamente una parte importante de los recursos de la economía (casi la mitad de lo que producimos).   

La productividad depende del buen funcionamiento de todo este ecosistema. Mejorarla requiere identificar sus debilidades y corregirlas. En el caso de la economía catalana, destacaría tres: el capital humano, el tamaño de las empresas y la calidad institucional.

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Si las personas estamos en el centro del proceso productivo, el capital humano es el ingrediente fundamental para alcanzar altos niveles de productividad, pero nuestras carencias son conocidas. Las ilustran bien los resultados del sistema educativo, las dificultades para encontrar profesionales cualificados en muchos oficios o la insuficiencia de plazas en titulaciones con alta demanda (¡cuántos estudiantes brillantes y con vocación no pueden estudiar medicina!).  

Otros sistemas educativos muestran un camino posible: recursos suficientes para gestionar una realidad compleja, más autonomía para los centros, más capacidad de decisión para los equipos directivos y rendición de cuentas por los resultados. También hay que prestigiar la profesión de maestro hasta situarla a la altura de su importancia para el desarrollo económico y social del país. ¿Qué trabajo es más importante que el de maestro? A la formación profesional y a la universidad convendría más flexibilidad para adaptar la oferta a las necesidades formativas de nuestra economía. Igualmente, hay que reforzar la formación de las personas paradas, especialmente el 30% que lleva más de un año sin trabajar, o de las personas con niveles formativos más bajos, tanto autóctonas como inmigradas. Las políticas activas de empleo son hoy prácticamente inexistentes o poco efectivas. La utilización selectiva de incentivos fiscales puede ayudar también a atraer talento altamente cualificado, por ejemplo en el ámbito de la investigación.  

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El tamaño de las empresas también es otro condicionante importante. Tenemos relativamente pocas empresas grandes y muchas muy pequeñas. Las primeras acostumbran a ser más productivas porque disponen de suficiente masa crítica para especializar funciones (un autónomo tiene que llevar muchos sombreros a la vez), invertir en innovación e internacionalización o incorporar nuevas tecnologías. ¿Por qué muchas empresas con potencial no crecen más? Porque les ponemos demasiados obstáculos, especialmente burocráticos. El absentismo también afecta operativamente mucho más a una pyme que a una empresa grande. Además, hay umbrales a partir de los cuales la regulación se vuelve más onerosa. No es casualidad que muchas empresas se resistan a superar el umbral de los cincuenta trabajadores. Deberían evitarse saltos tan fuertes de regulación en función del tamaño de la empresa. 

Otro problema, compartido con el resto de Europa, es que muchas empresas digitales innovadoras acaban creciendo en Estados Unidos, donde encuentran un mercado más grande de clientes y de capitales. En Europa todavía se encuentran un mercado demasiado fragmentado, además de demasiado regulado. Como señalan los informes de Draghi y Letta, hay que profundizar en el mercado único y desarrollar un verdadero mercado europeo de capitales.

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La calidad institucional también es determinante. Incluye aspectos como la financiación o el grado de ejecución de las inversiones del Estado, aspectos claramente mejorables. También la manera como se diseñan y gestionan las políticas públicas. Las decisiones sobre regulación y gasto deberían basarse más en la evidencia, pero todavía evaluamos poco. La administración también debe ser más ágil, orientada al ciudadano y a las empresas, y más coordinada. 

La vivienda ejemplifica bien las consecuencias de un funcionamiento institucional mejorable: exceso de regulación, inestabilidad normativa, falta de coordinación entre administraciones y lentitud en la concesión de permisos. Es una situación que también encontramos en ámbitos como las infraestructuras de transporte, la energía, el agua, la transferencia de conocimiento entre universidad y empresa o la llegada de los fondos europeos a sus destinatarios.

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 A veces se habla de la productividad como si dependiera, en gran medida, de una gran reforma. En realidad, depende de muchas piezas que deben encajar: un sistema que nos forme mejor, empresas con capacidad para crecer y unas instituciones que faciliten la actividad económica en lugar de entorpecerla. Sabemos qué falla. El trabajo pendiente es corregirlo.