Nuestro combate por la identidad

Los debates identitarios son siempre luchas de poder. Reconocer la existencia del adversario significa admitir que tiene un espacio propio que arañará del primero. Lo sabemos bien aquí: aceptar que Catalunya es una nación quiere decir que la otra nación –la española, la francesa...– se encogerá, con todas las consecuencias políticas, económicas, culturales y simbólicas. Y también es así en lo que se refiere a las identidades de género, de edad, étnicas, profesionales, o de cualquier otro tipo.

En Catalunya, la conciencia del riesgo de pérdida de la propia especificidad está vinculada al mismo descubrimiento, construcción y defensa de una identidad propia. Lo expresaba de manera bella hace ya 145 años mosén Jacint Verdaguer, desde su catalanismo romántico, en aquellos versos escritos en 1879 en el balneario de la Presta en Prats de Molló:

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Catalunya, pàtria dolça,
Com se perden tes costums!
Lo de casa se t’empolsa
I amb lo d’altres te presums.

Una de las cuestiones que plantean las reivindicaciones identitarias es que obligan a mistificar sus contenidos para convertirlos en armas arrojadizas. Unas luchas generalizadas a raíz de los procesos de globalización, visibilizados por todas partes tanto por los movimientos migratorios como por unas redes sociales que resquebrajan fronteras. El desarraigo –querido o forzado– de unos provoca el miedo a la disolución del vínculo social y al debilitamiento de la solidaridad colectiva. Y esto favorece a los populismos reaccionarios, tanto de derechas como de izquierdas. Ronald Aronson lo recordaba recientemente por el caso estadounidense: “El secreto del éxito de Trump es que expresa el profundo sentimiento de desafección y agravio cultural y social, mucho más que económico, de sus bases”.

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Incluso los estados más poderosos se ven abocados a las reafirmaciones identitarias en el plano nacional, que es el de la solidaridad colectiva y democrática. Los ejemplos son innumerables, pero, por proximidad territorial y temporal, interesa cómo el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, acaba de formularlo de forma contundente. En respuesta al desafío que le plantea el Reagrupamiento Nacional –el nombre ya lo dice todo– de Marine Le Pen, ha propuesto unos cambios en la escuela para “rearmar a Francia” y para conseguir que “Francia siga siendo Francia”. ¿Cuáles? Enseñar La marsellesa, hacer llevar uniforme a primaria y secundaria para combatir la desigualdad cultural, enseñar historia e historia del arte –se entiende que de Francia–, y profundizar en el conocimiento de la lengua y de los derechos y deberes propios de la República, y en su imaginario.

No calificaría esta estrategia de conservadora, como se ha dicho. Más bien discutiría su eficacia, vista la magnitud del desafío. Hagamos el ejercicio de traspasarlo a Catalunya. ¿Cómo se calificaría una propuesta política republicana que quisiera “rearmar a Catalunya” o hacer que “Catalunya siguiera siendo Catalunya”? La introducción del uniforme estallaría en la cara de quien lo propusiera. Enseñar Los segadors chocaría con que ya no es un himno significativo ni para la mayoría de profesores. Entrar en la discusión de cuáles son los derechos y deberes de nuestra ficción de República, visto el actual estilo de gobernación, llevaría a interminables procesos participativos en ociosas mesas de debate. Y el único elemento que había tenido consenso político, el hecho de considerar como vehicular, propia y común la lengua catalana en la escuela, ya se ha visto en qué estado de dejadez, hasta el abandono, lo ha dejado la propia administración educativa.

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Que la construcción del vínculo es importante lo explicaba bien Anna Jolonch en ¿Cómo velamos por el sentimiento de pertenencia a la escuela?, el pasado lunes aquí mismo. La escuela, pero también la empresa, el sistema sanitario, la ciudad, la nación, o velan por el sentimiento de pertenencia, o se vuelven instituciones débiles, asediadas por un “individualismo desatado”, como lo califica Joan Ramon Resina. En Tribus (Vilaweb, 28 de enero), Resina señala hasta qué punto el problema de la supervivencia colectiva en Catalunya es dramático. Y, citando a Sebastian Junger, añade: “Una sociedad que no alienta a sus miembros a actuar abnegadamente no es ninguna sociedad tribal, es simplemente una entidad política que, por falta de enemigos, se desmenuzará sola”. Es esto: ahora mismo, en Catalunya, mientras nos deleitamos fabricando enemigos interiores y sin levantar la voz ante los exteriores, solo se defienden los derechos individuales a ultranza. Y el combate identitario lo perdemos por goleada.