Nos podemos contagiar de Francia?

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Macron y Le Pen durante el debate de este miércoles.
29/10/2026 - 18:02 h
Economista, IESE

Alexis de Tocqueville, describiendo disturbios en París durante la revolución de 1848, dijo que la Revolución Francesa comenzaba de nuevo “porque siempre es la misma”. Ciertamente, a los franceses les gustan las revueltas: después de la Comuna de París en 1871, vinieron el Mayo de 1968 y los chalecos amarillos en 2018, entre otros, como por ejemplo los disturbios originados en las banlieues periféricas por muchos desafectos a la República. He vivido en Francia y fui testigo de una insatisfacción permanente de muchos sectores. Esta vez, los detonantes han sido los estudiantes, y los chalecos amarillos se han sumado. Los sindicatos quieren convocar una huelga general en noviembre para no perder pie en el movimiento social. Aquí también hay una convocada por el derecho a la vivienda por la misma razón y para influir en las elecciones de finales de noviembre. Una huelga no contra el gobierno, sino contra la oposición. Cuando vemos que jóvenes de la periferia de Barcelona vandalizan y roban en los comercios de la ciudad, se encienden las luces rojas. En Francia, la campaña de Le Pen para las presidenciales ya está hecha: "Yo restableceré el orden que el incapaz Macron no ha sabido imponer durante muchos años".

El problema de Francia es que mantiene el estado del bienestar con déficit y deuda, y no con una economía dinámica. En protección social, Francia dedica un porcentaje del PIB mayor que Alemania, Italia o España; también destina más a salud y educación, con un gasto público global del 57% del PIB, bastante por encima del 45,5% de España. Es difícil argumentar que Francia practica la austeridad. La cuestión es que los ingresos públicos no son suficientes y se genera una deuda pública que llega cerca del 120% del PIB. El déficit público está enquistado por encima del 5%, con una previsión del 5,4% para 2026. Los gobiernos que intentan reducirlo fracasan, tal como ha fracasado la reforma de Macron para aumentar dos años la edad de jubilación, de los 62 a los 64 años, en 2023, que posteriormente ha sido pospuesta. El resultado dependerá de lo que pase en las elecciones de 2027, pero tanto Le Pen como Mélenchon han indicado que quieren rebajar la edad de jubilación a los 60 años (Le Pen, para las personas que empezaron a trabajar jóvenes). Toda propuesta de reforma queda bloqueada por los grupos de interés. Macron respondió a la revuelta de los chalecos amarillos de 2018-2019 con 11.000 millones de euros en ayudas; ahora ya no hay margen. La prima de riesgo de Francia en relación con la deuda alemana está en máximos, superior a la de Italia (que tiene una deuda sobre el PIB del 140%) y muy por encima de la de España. Para vivir del crédito, te lo tienen que querer conceder, y el mercado cada vez le hace pagar más a Francia, lo que supone una carga muy importante para el futuro y que limita el gasto.

Las perspectivas políticas no ayudan, porque la probabilidad de que Le Pen gane las presidenciales es alta, y si el ganador fuera Mélenchon, no sería mejor. Hoy no hay ningún candidato moderado que parezca tener posibilidades (el antiguo primer ministro Édouard Philippe no pasa del 15% de intención de voto, hoy por hoy). El populismo impera. Mélenchon ha propuesto cancelar la deuda francesa actualmente en manos del Banco de Francia. Esto, de entrada, haría que el sector público francés no disfrutase de los ingresos por los intereses que paga la deuda al Banco de Francia y causaría mucho nerviosismo entre los inversores en deuda francesa. Quizás los políticos franceses y algunos inversores esperan que el Banco Central Europeo (BCE) compre su deuda si la prima de riesgo sube demasiado. La cuestión es cómo reaccionarán los “países frugales” como Alemania al ver que en Francia se jubilan a los 60 años a costa del subsidio del BCE, mientras que en Alemania se propone que la edad de jubilación sea a los 67 a partir de 2031. El euro y el BCE son construcciones políticas.

¿Qué consecuencias tienen estos eventos para España? España ha ampliado y mantenido el estado del bienestar con ayuda europea, con las compras de deuda del BCE, los fondos de cohesión y, recientemente, con los importantes fondos Next Generation. Ahora bien, la economía ha sido más dinámica, aunque con un modelo de crecimiento extensivo en el que los sectores de bajo valor añadido y la inmigración han jugado un papel importante, y aunque no ha generado aumentos significativos de la renta per cápita. Los ingresos del Estado se han apoyado en periodos inflacionarios al no deflactar los tipos del IRPF. Los factores que han permitido este desarrollo no durarán siempre, y no deberíamos caer en el bloqueo permanente, como en Francia, de toda reforma que eleve la productividad y posibilite unas finanzas públicas saneadas que consoliden el estado del bienestar a largo plazo sin ayuda externa.

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