Contradicciones de León XIV
El paso del obispo de Roma por nuestra casa ha dejado al descubierto desajustes que hace tiempo acompañan a la Iglesia. El editor Ignasi Moreta lo expresa con especial lucidez: "La visita del Papa visibiliza lo que más rechazo del catolicismo: el culto a la personalidad, la proximidad de los poderosos y aduladores, la liturgia como afirmación de poder, el protagonismo de los ultramontanos y de la casta sacerdotal, la religión acartonada por la institución..." Que la autenticidad del mensaje de Jesús acabe sepultada bajo capas de poder, jerarquía y ritualismo es una contradicción profunda para la institución que el Papa representa.Hay que reconocer que León XIV ha sido una de las pocas voces internacionales que, ante el intento de Trump y de la extrema derecha de convertir el miedo al otro en proyecto político, han reivindicado sin matices la dignidad de los migrantes. Su defensa de quienes viven a la intemperie de los derechos y de las fronteras tiene una fuerza moral innegable. Pero esta llamada a la inclusión convive con una Iglesia que mantiene fronteras internas. Las mujeres continúan excluidas de espacios y funciones a los que los hombres acceden por el simple hecho de ser hombres. Y muchas personas, por su identidad, orientación sexual o modelo familiar, se ven obligadas a entrar por la puerta de atrás. La Iglesia que reclama dignidad para los excluidos del mundo aún tiene dificultades para reconocerla plenamente en su propia casa.El Papa se ha dejado cortejar demasiado por el poder político. En su comparecencia en el Congreso de los Diputados reclamó respeto entre adversarios y denunció una polarización que degrada la convivencia democrática. Pero, en el mismo escenario, reiteró el rechazo al aborto y a la eutanasia, debates que han dividido profundamente a las sociedades occidentales y en los que la Iglesia ha ejercido a menudo un papel de confrontación ideológica. En una sociedad democrática y plural, las creencias de todos merecen respeto, pero no se pueden imponer a nadie. Los siete minutos de aplausos de los parlamentarios revelaron hasta qué punto la política aún se siente cómoda ante el poder religioso. Al día siguiente, sin embargo, el Congreso volvía a su brega habitual y el jueves tramitaba la reforma para impedir bloqueos judiciales a la eutanasia.Entre el Raval y Brians y la Sagrada Familia también hubo contraste. El Papa quiso acercarse a los pobres, a los sin techo, a los inmigrantes y a quienes viven en los márgenes. Probablemente fue el gesto más coherente con el Evangelio. Pero aquella proximidad con los vulnerables se fundió dentro del templo en una liturgia solemne, jerárquica e institucional. Al frente estaba la monarquía y el resto de autoridades, no los excluidos. La Iglesia que predica la humildad y la sencillez continúa presentándose rodeada de una escenografía de poder difícil de justificar.León XIV ya está de vuelta en el Vaticano. Después del baño de masas le llega el reposo. Y con él, la oportunidad de pensar que la credibilidad de una institución no se mide solo por las verdades que proclama, sino también por las contradicciones que se atreve a corregir.