1. La Trinca fue muy generosa con el río Besòs cuando, aprovechando la Quinta sinfonía de Beethoven, escribió la letra para su Oda al papel de inodoro. Decía, en 1975, que "el Besòs es verde". Y lo suficiente. Se quedaron muy cortos. Entonces era uno de los ríos más contaminados de Europa. No había vida, ni prácticamente peces. Las espumas tóxicas eran visibles y el hedor era muy fuerte muchos días al año. La falta de regulación ambiental durante el franquismo y la escasa legislación efectiva permitían que contaminar saliera casi gratis. La industrialización sin control en la cuenca del río, en el Vallès y en el área de Barcelona, convertía el río en un vertedero sin prácticamente depuración. El resultado era que las empresas textiles, químicas y metalúrgicas contaminaban el agua con metales pesados y un catálogo de productos tóxicos. Y no era delito. Y no había conciencia de estar cargando la naturaleza y el paisaje. Además, las aguas residuales urbanas –en los tiempos que pueblos y ciudades carecían de depuradoras– convertían algunos tramos del Besòs en una cloaca a cielo abierto. Podemos sumar que era un río con poco caudal natural en el que los contaminantes quedaban muy concentrados, y que la urbanización agresiva, junto al río, fue comiéndose la vegetación propia de la ribera. Por todo ello, el Besòs era la vergüenza de la frontera norte de Barcelona.
2. Cincuenta años después, la situación se ha dado la vuelta. Con planificación, inversión y políticas medioambientales eficientes, hoy el Besòs es un ecosistema protegido en el que conviven pájaros, peces y plantas. La recuperación de ese pulmón del área metropolitana es una historia de éxito. Hoy que Cercanías se ha enquistado como una pesadilla por culpa de la dejadez, la mirada corta y la poca exigencia política de quienes han mandado durante décadas, gratifica ver que hay fenómenos que son reversibles, aunque sea necesario tiempo, paciencia y mucho dinero. La prueba de que el Besòs ha pasado de muerte a vida es que, cada año, hay casi dos millones de personas que pasean por su orilla, en el tramo de Santa Coloma de Gramanet hacia la desembocadura. Algunos corren, algunos van en bici, hay familias que caminan y, todos ellos, respiran luz y vida. Pero en el nuevo Besòs no sólo florece la diversidad mediterránea. Desde hace un tiempo, junto al río también se respira arte, cultura y creatividad. El BesArt se está convirtiendo, mural a mural, en el mayor museo de arte urbano del mundo.
3. No se lo pierdan. Da un gran efecto que todo aquel hormigón gris que enmarcaba el cauce del río se vaya convirtiendo en arte que dialoga con el paisaje. Hoy ya hay, uno junto al otro, cincuenta murales de artistas reputados y de creadores urbanos de todo el mundo que dejan su obra para la posteridad. Una de las virtudes de este museo gratuito es que está en evolución constante. Después de todo, la idea es que este proyecto global colaborativo, entendido como un ecosistema abierto y no como otro espacio acotado a las estrellas consagradas, llegue a los dieciocho kilómetros seguidos de coloridas obras de arte de nuestro tiempo. Es un privilegio para el país que se haya recuperado el parque fluvial del Besòs y que, encima, la cultura y la vegetación vayan de la mano. Al BesArt le han puesto el subtítulo comercial The River Museum. Así, en inglés. Ya se adivina que, pronto, será otro reclamo para los expados que, después de repoblar el Born, la Barceloneta y el Poble Nou, querrán ir a correr por un lugar tan agradable, tan diferente y que, encima, es gratuito. Qué bien quedarán las fotos que cuelguen en Instagram, con la etiqueta The River Museum. ¿Cuántos nuevos turistas vendrán a Barcelona para ver esta joya todavía desconocida?