Convocar elecciones (o no)

Unos días antes de las elecciones del 14 de febrero, un servidor publicó un artículo en este mismo rincón del ARA que llevaba por título "Decirlo ahora (o callar después)", en el que me refería a la necesidad de clarificar con exactitud una serie de cuestiones que, con toda seguridad, generarían turbulencias. Ahora ya las han generado. Para que vean que no se trata de ninguna predicción retrospectiva, me permito autocitarme. "La candidata de Junts es Laura Borràs, a pesar de que con ella, en el mismo plano escénico y con el número 1 por la lista de Barcelona, aparece el eurodiputado Carles Puigdemont. ¿Esto cómo se tiene que entender? ¿Quiere decir que se trata de una candidatura que, en realidad, es solo vicaria o simbólica? ¿Qué significa, exactamente? [...] Si el ganador de estas elecciones es Junts, su líder, Carles Puigdemont, quedará refrendado como tal. También significa, sin embargo, que si el resultado es otro ya no podrá continuar esgrimiendo un liderazgo que vaya más allá de los límites estrictos de su partido". Fin de la citación literal. 

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Pues bien, hoy ya sabemos, en efecto, "qué significa exactamente" todo eso. La condición que propone Juntos para entrar en un futuro Govern presidido por ERC es inaudita. De hecho, una cosa así resulta inasumible para cualquier partido, no solo para ERC, aparte de tratarse de una anomalía que afecta tanto a las reglas del juego más elementales de la democracia representativa como la dignidad institucional de la Generalitat. También es probable que algunas de las condiciones de la CUP no sean económicamente viables tal como están planteadas. Más que probable, de hecho, es casi seguro. En enero del 2017 Finlandia puso en práctica un proyecto experimental de renta básica. En diciembre del 2018 lo desmanteló reconociendo, sin muchos eufemismos, que había sido un rotundo fracaso, que era una mala idea. Como decía aquel, los experimentos se tienen que hacer en casa y con gaseosa (de pequeños decíamos graciosa, que suena mejor). La CUP, además, plantea una legislatura de facto de dos años. ERC ha aceptado estas condiciones. En todo caso, hay que subrayar muy positivamente la transparencia de la CUP a la hora de plantearlas. 

El panorama, en definitiva, es el que es. El primer tripartito, el de Maragall, Carod y Saura, vendría a ser una plácida balsa de aceite comparado con lo que podría volverse este concierto desafinado. Justo es decir, sin embargo, que el tema puede plantearse de dos maneras. Para algunos, la repetición de las elecciones sería un fracaso total de la política catalana en general y del independentismo en particular. Para otros, el fracaso estaría representado, en cambio, por una legislatura efímera e improductiva, sin ningún sentido ni justificación política. Las dos perspectivas tienen, sin duda, su parte de razón. También habrá quien esgrima la plena normalidad institucional de este tipo de situaciones. No fue hasta 493 días después de sus últimas elecciones en mayo de 2019, y 650 de la disolución del gobierno federal, que el Reino de Bélgica recuperó la normalidad institucional (entre el 2010 y el 2011 también estuvo 541 días sin gobierno). No digo esto para relativizar la inestabilidad política de aquí, en absoluto, sino más bien para contextualizarla correctamente. 

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Y ahora especulamos un poco: ¿quién saldría ganando, o perdiendo, en ambos casos? Si se repitieran las elecciones, la mayoría de ciudadanos podrían hacer ahora una apuesta segura por el simple hecho de haber visto ya las cartas boca arriba, y con toda la claridad del mundo. Esto se puede interpretar de muchas maneras, evidentemente, y no tengo ni idea de cuál podría ser su traducción en votos y en escaños. En caso de no volver a convocar elecciones y apostar por una legislatura incierta, breve y accidentada, en cambio, quien saldría ganando sería quien ya obtuvo más votos el 14 de febrero: el PSC de Salvador Illa. De eso sí que no tengo ninguna duda. Ni una. Para el votante unionista moderado, el PSC de Illa arañaría muchos votantes tanto a Vox como los restos de Ciutadans y del PP. Vendría a ser su centro político. Mejor dicho: volvería a serlo

Quería decir, en definitiva, que lo que le interesa realmente al unionismo –y, en general, al estado español– es un nuevo Dragon Khan que permita argumentar las limitaciones –o incluso la incapacidad– del independentismo en la esfera de la política institucional. Dios me guarde de dar consejos a nadie, pero creo que aquí todo el mundo tiene que tener claras las consecuencias de lo que se hará o se dejará de hacer. Y, cuando digo todo el mundo, digo todo el mundo.

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Ferran Sáez Mateu es filósofo.