Corrupción profunda
Hace unos días el rey Juan Carlos, el emérito, fue aplaudido y vitoreado por el público de una plaza de toros, que le pedía, entre muestras de entusiasmo, que volviera. Que volviera a España, se entiende, pero también que volviera al lugar de poder y preeminencia que, según estas personas, le corresponde. Juan Carlos I, conviene recordarlo, es un jefe de estado no electo que a lo largo de cuarenta años de reinado defraudó miles de millones a la Hacienda del mismo estado sobre el cual reinaba, y que utilizó, también, las instituciones y los poderes del Estado (y, naturalmente, el erario público) para sus intereses particulares, que iban desde las aventuras eróticas hasta los negocios con los jeques petroleros que finalmente lo han acabado acogiendo bajo los auspicios de una dictadura. Pero todavía son muchos los partidarios de Juan Carlos convencidos de que el monarca vive en un exilio forzoso, víctima del entendimiento traidor de su hijo Felipe con los enemigos de la patria, etc.Esto viene a cuento porque, en España, la corrupción está tan fuertemente arraigada dentro de la arquitectura misma del Estado que forma parte indisoluble de él. Del rey para abajo, literalmente: la magistratura, el ejército, los cuerpos policiales. Por supuesto, también los gobiernos electos, ya sean centrales, autonómicos o municipales. Y los partidos políticos, naturalmente. No se debería olvidar nunca la selva frondosa de los corruptores, dentro de la cual hay desde empresas constructoras, energéticas y tecnológicas hasta medios de comunicación, pasando, cómo no, por la banca.Ahora el PP y el PSOE afrontan, en paralelo, juicios por casos de corrupción: la corrosiva trama Kitchen, por lo que respecta a los populares, y el casposo caso de las mascarillas, o caso Koldo, o Ábalos o Cerdán (se dice de todas estas maneras), por lo que respecta a los socialistas. La coincidencia de estos dos procesos judiciales se puede considerar el inicio de la campaña electoral de las próximas elecciones generales. Así pues, veremos y oiremos a los dirigentes, y a los periodistas y medios afines, intercambiando insultos y reproches en el tono infantil y envenenado que hace tiempo que ha cogido la política española, en un espectáculo que solo se puede soportar los días de mejor humor.Ahora bien, no deberíamos equivocarnos. Incluso en la corrupción hay clases, y en el estado español quien manda en esta cuestión es y será siempre el Partido Popular. Las corruptelas de los socialistas y de otros partidos pueden llegar a formar lodazales de mucha consideración, pero ningún otro partido que no sea el PP, ni siquiera el PSOE, se puede permitir el lujo de organizar policías patrióticas o de reventar bancos en Andorra solo para destruir enemigos políticos, tanto externos como internos. Esto es por un motivo: como en la película Amanece, que no es poco, los otros partidos son contingentes, mientras que el PP es necesario. Necesario para la continuidad de la patria, tal como la entienden las instituciones y empresas antes mencionadas. Necesario para mantener equilibrado el poder en España, tal como entienden el poder, por ejemplo, todos estos que aplaudían a Juan Carlos en la plaza de toros.