La pregunta la formuló Josep Vallverdú en un poema, y me sale a pedir de boca contestar con una lista de respuesta llena de agradecimiento a este gentleman de Lérida: las cosas buenas de la vida están en su obra sostenida, en su generosidad prolífica con los lectores infantiles y juveniles, en la bonhomía inteligente que le siguió como un perfume, en la sabiduría de una palabra reciente, cuando decía que debemos procurar que en el armario “solo queden afectos y esperanzas”, y que “cuanto más grandes sean los afectos más cerca estarán de convertirse en realidad las esperanzas”.
La lista continúa con tristeza, porque la muerte del músico Joan Roca me lleva a otra cosa buena de la vida, como es la música de Antònia Font, capaces de componer unas letras y unas melodías totalmente inesperadas, pero que han acabado siendo abrazadas (abrazadas es la palabra) por el corazón y por los sentidos de tanta gente que ha conectado íntimamente y que se ha sentido comprendida y representada, y al amparo de tanta maldad, dentro de los iglús fabricados por estos mallorquines, a veces divertidos, a veces melancólicos, siempre finísimos.
Y en fin, las cosas buenas, hoy, están donde siempre han estado: en amar, en compartir y en dar, en el silencio y en la conversación, en los planes de futuro, en el entusiasmo creativo, en ver claro y tirar adelante, en la organización de nuestra vida de acuerdo con nuestros valores y criterios, en el digamos no y el digamos sí a conciencia, en quejarse poco y empujar fuerte. Las cosas buenas de la vida son todo lo contrario de los discursos de odio que nos ensucian la vida desde las redes. Las cosas buenas de la vida tienen una ventaja, y es que cada día estamos llenos, de cosas buenas, si las miramos con buenos ojos.