Cuando cuidar también hace daño

Soy enfermera. Elegí esta profesión porque me gusta cuidar a las personas, y lo sigo haciendo con la misma implicación del primer día. Pero la vocación no puede ser la excusa para que todo valga. La sanidad pública es uno de los grandes tesoros de nuestro país, y hay que protegerla. Y eso significa cuidar de los profesionales que la sostienen. Oímos hablar a menudo de recursos, presupuestos y listas de espera, pero muy poco del desgaste humano que hay detrás de cada consulta, de cada domicilio y de cada noche de guardia.

Trabajando en el Institut Català de la Salut he visto cómo cada vez hay más presión asistencial y menos estabilidad laboral. La sensación, desde hace años, es que las interinidades y los contratos estables son cada vez más escasos. Nos movemos entre contratos de semanas o días, o para cubrir vacaciones y bajas. Hoy trabajas en un centro; mañana, en otro. Hoy tienes un horario; mañana, uno completamente diferente. Dobles turnos cuando el servicio lo necesita. Reorganizas tu vida una y otra vez. Conciliación familiar se convierte, simplemente, en un concepto vacío.

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Todo esto me hizo tomar una decisión que nunca habría imaginado: dejé temporalmente mi plaza de enfermera por otro trabajo para poder recuperar una cierta estabilidad familiar. Necesitaba saber cuándo trabajaría, organizar la vida de mis hijos, dejar de estar pendiente del teléfono y de los cambios de horario constantes. Pero también necesitaba dejar de vivir con la angustia de no saber si el mes siguiente tendría un contrato para poder pagar las extraescolares de mis hijos o si podría llenar la cesta de la compra.

Hay una contradicción difícil de entender: lamentamos la falta de enfermeras, pero no hacemos lo suficiente para retenerlas; formamos profesionales extraordinariamente preparados y luego los dejamos escapar. Muchos compañeros se marchan a otras comunidades autónomas o a otros países donde encuentran mejores condiciones laborales y más reconocimiento.

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Porque las diferentes profesiones sanitarias se tratan de manera diferente. Cuando un médico asume cientos de pacientes más, este sobreesfuerzo se reconoce y, en muchos casos, se remunera. En el Institut Català de la Salut esto se conoce como el exceso de trabajo del profesional, y es el médico quien decide si lo acepta. En cambio, cuando una enfermera asume más pacientes, más cuidados, más domicilios, más seguimientos, más educación sanitaria, más familias angustiadas y más responsabilidades, este incremento de trabajo a menudo se asume como una obligación. Sin poder decidir, sin capacidad de rechazarlo y, habitualmente, sin ninguna compensación económica. La responsabilidad aumenta, pero el reconocimiento, no.

Somos nosotros quienes entramos en las casas, quienes curamos heridas, quienes detectamos complicaciones antes de que sean irreversibles, quienes nos sentamos al lado de una persona que acaba de recibir un diagnóstico difícil, quienes cogemos la mano de un paciente cuando tiene miedo y quienes acompañamos a las familias durante un proceso de duelo. Somos quienes escuchamos, tranquilizamos y sostenemos emocionalmente a personas que atraviesan los momentos más difíciles de su vida. Y también somos quienes tenemos que soportar, demasiado a menudo, intimidaciones, agresiones verbales y, en algunos casos, incluso agresiones físicas.

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Sin enfermería, la sanidad simplemente no funcionaría. Y, sin embargo, todavía hay quien dice: "Solo es enfermera". Y este solo pesa mucho.

No escribo este artículo desde el resentimiento. Lo escribo porque sigo amando profundamente mi profesión. Lo escribo porque creo en la sanidad pública y porque me preocupa su futuro. Lo escribo porque detrás de cada uniforme hay una persona que también tiene una familia, que también necesita descansar y que también merece una vida digna.

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Por eso hoy también me atrevo a pedir una cosa: que alguien cuide un poco de nosotros.