¿De quién puede cuidar una IA?

La circulación de virus respiratorios, especialmente el de la gripe, ha vuelto a poner a prueba unos servicios sanitarios que llevan demasiado tiempo funcionando al límite. Cada episodio epidémico lo confirma. Y mientras aquí resistimos cómo podemos la presión asistencial, a miles de kilómetros, en China, se exploran caminos que podrían transformar radicalmente la forma en que entendemos la medicina.

La Universidad de Tsinghua de Pekín ha creado el Agente Hospital, un centro médico íntegramente gestionado por inteligencia artificial (IA), donde no trabaja ningún ser humano. Médicos, enfermeras y pacientes son figuras digitales capaces de diagnosticar, planificar tratamientos y realizar seguimiento clínico gracias a sistemas entrenados con miles de casos. Una plantilla virtual de sólo catorce médicos y cuatro enfermeras puede atender a tres mil pacientes al día. La precisión diagnóstica alcanza el 93% en determinadas enfermedades. El proyecto, que empezó hace unos meses como una simulación, ya se está aplicando en hospitales reales, por el momento como soporte tecnológico complementario.

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La inteligencia artificial -que no es inteligente, sino algorítmica- irá ganando protagonismo en muchos ámbitos sensibles de nuestra vida. En el terreno de la salud, sus promesas son innegables, sus peligros también. Puede contribuir a la detección precoz de enfermedades, al soporte en diagnósticos y tratamientos, a la optimización de recursos, a la reducción de errores. Pero el riesgo aparece cuando estos avances dejan de ser meros instrumentos y comienzan a ocupar espacios humanos imposibles de sustituir.

El cuidado tiene un aspecto técnico, pero es también un acto relacional, profundamente humano, que requiere de la propia inteligencia para escuchar de verdad, mirar con atención, atender con delicadeza. Las máquinas pueden hacer cosas admirables, pero tienen carencias descomunales. Por ahora, y afortunadamente, no saben interpretar la ambigüedad del lenguaje, los silencios, la complejidad vital, tampoco tienen conciencia del dolor o el miedo al otro, y se pierden al adentrarse en las profundidades del ser humano.

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El carácter único e indispensable de tantos médicos y enfermeras en atención a la salud es muy palpable. Donde la IA acelera, ellos saben detenerse. Donde la IA procesa, ellos comprenden. Donde la IA actúa desde la virtualidad, ellos ofrecen su presencia. La IA puede ayudar, y mucho, pero no puede reemplazar lo que sólo los humanos podemos hacer, y no debemos dejar de querer hacer.

A China o aquí la IA ha venido para quedarse y empieza a modelar una nueva manera de ser profesional de la salud y de ser paciente. Ante esta revolución tecnológica, conviene rehuir tanto el entusiasmo ingenuo como el rechazo apocalíptico, asumiendo una actitud crítica y prudente, capaz de reconocer el potencial de estas herramientas sin perder de vista ni renunciar a la dimensión humana de la atención a la salud. Confiamos en que la inteligencia humana, que ha hecho posible la IA, sabrá mantener la correcta jerarquía para garantizar que los algoritmos estén siempre al servicio de la sociedad.