Debate educativo: qué funciona y qué no
Ante una situación educativa como la actual (con los bajos resultados de PISA 2025 y las tensiones del inicio de curso) es comprensible que se busquen soluciones. El presidente de la Generalitat anunciaba esta semana un pacto nacional para salvar la educación. Veremos cómo avanza la iniciativa. Pero el problema es que en educación demasiadas veces confundimos buscar soluciones con volver a empezar.
Una nueva ley. Un nuevo currículo. Una nueva metodología. Un nuevo modelo. Y, al cabo de unos años, una nueva reforma que corrige la anterior.
Quizás deberíamos probar a hacerlo al revés.
Hace unos días, Tue Halgreen, responsable de la coordinación de PISA en la OCDE, decía en una entrevista a l’ARA una cosa aparentemente sencilla: en educación no hace falta que todo el mundo empiece de cero ni que cada uno invente sus propios métodos. Hay sistemas educativos que, en un contexto también marcado por los móviles, las pantallas y la inteligencia artificial, consiguen mantener o incluso mejorar sus resultados.
La pregunta, por tanto, no debería ser solo qué debemos cambiar. También deberíamos preguntarnos qué funciona y por qué.
En Cataluña tenemos centros públicos y concertados con realidades muy diferentes. No es lo mismo educar en un entorno socioeconómico favorecido que hacerlo en un centro de alta complejidad. Tampoco lo es trabajar con una población escolar estable que recibir continuamente alumnado que desconoce las lenguas de aprendizaje.
Y, a pesar de ello, tendemos a prescribir soluciones generales para realidades que no lo son.
Hay centros que obtienen buenos resultados académicos y educativos con proyectos diferentes. Antes de imponerles una nueva transformación, quizás deberíamos observarlos. ¿Cómo trabajan la lectura? ¿Cómo organizan el aprendizaje? ¿Qué papel tienen los docentes? ¿Cómo atienden las dificultades? ¿Cómo trabajan con las familias?
Lo que funciona no necesita ser reformado por principio. Necesita ser comprendido.
Y después necesitamos hacer exactamente lo contrario allí donde las cosas no funcionan. Cuando un centro acumula dificultades, hay que saber sus causas. Puede necesitar más recursos, pero también estabilidad de los equipos, buenos profesionales, capacidad de gestión, apoyo especializado o un acompañamiento mucho más próximo.
Esto es menos espectacular que anunciar una reforma educativa. Y probablemente mucho más difícil. Pero también puede ser mucho más eficaz.
PISA 2025 deja, además, un dato que deberíamos mirar con atención. La OCDE constata que las diferencias entre el alumnado socioeconómicamente favorecido y el desfavorecido se han reducido en los últimos años. Sería una gran noticia si no fuera porque esta reducción se explica sobre todo por el empeoramiento de los primeros y no por la mejora de los segundos.
Esta es una advertencia importante sobre qué entendemos por equidad.
La equidad es irrenunciable. Quien parte de una situación más difícil debe recibir más ayuda. Pero equidad no significa uniformidad. No podemos mejorar a quien sabe menos haciendo que quien sabe más aprenda menos.
La verdadera equidad no rebaja el techo. Levanta el suelo sin impedir que nadie llegue tan arriba como pueda.
Por eso necesitamos apoyo, pero también exigencia. Autonomía, pero también evaluación. Y estabilidad suficiente para que los proyectos educativos puedan demostrar si funcionan antes de que una nueva reforma los vuelva a cambiar.
Evaluar qué ha funcionado y qué no. Entender por qué algunos centros mejoran y otros acumulan dificultades. Aprender de las experiencias que dan resultados y corregir las decisiones que no han dado.
Y hacerlo escuchando a las administraciones, a los centros de todas las redes, a las familias y a los expertos independientes. Pero, sobre todo, escuchando a aquellos que conocen la educación desde dentro porque cada mañana abren la puerta de un aula.