Debemos reinventar la política
No estamos hartos de la política. Estamos hartos de los políticos y de esta forma de hacer que está generalizando las mentiras, los reproches y la pérdida de rumbo. Estamos hartos de su degradación. Estamos cansados del discurso público de los gobernantes, de aquí y de todas partes, de derechas y de izquierdas. Esa fatiga no expresa un rechazo a la vida colectiva ni a la deliberación democrática, sino una intuición lúcida. La política ha sido sustituida por la gestión del poder, por la lógica del partido y por una administración técnica del presente que ha renunciado a pensar el futuro como proyecto compartido cuyo fin es el bienestar de las sociedades.
En la Grecia clásica, hacer política no equivalía a gobernar ni gestionar intereses, era una práctica de la palabra comprometida y responsable con la sociedad, la muestra clara de la argumentación lógica del conflicto. Como recuerda Aristóteles, el ser humano es un zoon politikon porque posee la capacidad que le otorga el logos (la palabra), de deliberar colectivamente sobre lo justo y lo injusto, sobre lo conveniente y lo nocivo para la comunidad. La política no era una técnica reservada a una clase profesional, sino una actividad constitutiva de la ciudadanía (sin olvidar algo tan grave como que las mujeres y los esclavos no podían tomar parte). Sin participación activa no había polis y la ciudad se convertía en caos, desorden...
Este núcleo originario se desplaza radicalmente a la modernidad tardía. La política se convierte en representación, una representación que se fosiliza en estructuras partidistas que tienden a confundir sus intereses con el interés general. El resultado es una paradoja, ya que, en aras de la democracia, se vacía la democracia de contenido. La ciudadanía ya no es sujeto político, sino público electoral; ya no decide, sino que se anula la capacidad de raciocinio; ya no construye lo común, sino que elige entre opciones precocinadas.
Este proceso ha sido analizado con lucidez por Hannah Arendt cuando distingue entre el espacio de la acción política y la esfera de la mera administración. Cuando la política se reduce a la gestión de necesidades oa la optimización de procesos, desaparece el espacio en el que los ciudadanos pueden aparecer como iguales en la pluralidad. Sin ese espacio de aparición, la política pierde su dimensión propiamente humana.
El bipartidismo, en este contexto, no es sólo un problema institucional sino también conceptual. Parte del supuesto de que la sociedad es binaria, que los conflictos pueden reducirse a dos posiciones antagónicas estables. Pero la sociedad contemporánea es radicalmente más compleja porque está atravesada por voces múltiples, por demandas heterogéneas y por conflictos que no pueden ser absorbidos por una única lógica dual. Como señala Jacques Rancière, la política debe nacer precisamente cuando aquellos que no utilizan el pensamiento crítico y constructivo irrumpen en el espacio público y, con su punto de vista, desatienden el reparto de lo necesario y útil en la vida cotidiana de la mayoría de la población. Donde el orden social lo determina todo, no hay política, hay policía; es decir, no existe posibilidad de disenso.
Ante esto, la llamada a una tabula zanja no debe ser leída como un gesto nihilista, nietzscheano, sino como una operación crítica. Se trata de reinventar categorías agotadas como la de partido, blog, fidelidad, para recuperar el sentido originario de la política como práctica colectiva de pensamiento. Esto no implica negar el conflicto, sino asumirlo como condición constitutiva de la democracia. Tal y como defiende Chantal Mouffe, una democracia viva no elimina el antagonismo, sino que lo transforma en una confrontación saludable entre adversarios, en lugar de convertirlo en un choque agónico y enfermizo entre enemigos.
Hacer política hoy exige, por tanto, reaprender a escuchar desde una escucha estructural, capaz de aceptar la polifonía social. La sociedad no es unívoca ni homogénea, es coral. La labor de la política no es imponer un unísono artificial, sino articular la diferencia sin anularla, invitando a la dialéctica a pervivir. Sólo así la política puede dejar de ser una práctica de conservación del poder y volver a ser lo que había estado en su origen, esto es, una forma compartida de pensar y construir el mundo.
Quizás, pues, no estamos hartos de la política. Quizás estamos hartos de un sistema que ha olvidado su sentido. Y quizás el verdadero gesto político hoy consiste en atrevernos, de nuevo, a exigir empezar de cero ya hacer política juntos.