Democracias enfurecidas

El juego político de hoy expresa, alimenta y es alimentado por la percepción creciente de que vivimos en una sociedad en la que la ganancia de unos se ve como la pérdida definitiva de otros. Y todo ello va alimentando la rabia como emoción política dominante. No es un debate nuevo. A principios de los años ochenta, en plena estanflación, Lester Thurow ya habló de la "sociedad de suma cero" para describir una economía estancada donde toda decisión suponía elegir quién ganaba y quién perdía. Entonces todo se hacía más difícil, ya que nadie aceptaba ser el perdedor. La democracia de posguerra había funcionado precisamente porque el crecimiento permitía compromisos en los que todo el mundo acababa ganando, aunque no ganara lo mismo ni al mismo tiempo. Aquí, en nuestra casa, lo vivimos al final del franquismo y en los inicios de la democracia. Ahora, unas cuantas décadas después, la cuestión vuelve con coordenadas viejas y nuevas. Volvemos a estar en un claro estancamiento de las expectativas, pero ahora se añaden unas redes que hacen de la crispación un negocio y que hacen crecer las emociones ante cualquier tropiezo.

Algunas investigaciones recientes de Harvard sobre la situación en los Estados Unidos ponen cifras a todo ello. Muestran, por un lado, que el pensamiento de suma cero no se hereda de los discursos, sino de la propia experiencia material: quien ha vivido la movilidad ascendente tiende a ver el mundo como un juego donde todo el mundo puede ganar; quien ha crecido en el estancamiento no lo ve así. Por otro lado, documentan que la ira en la comunicación política estadounidense está al nivel más alto en siglo y medio. Y eso tampoco es casual. Los mensajes políticos cargados de rabia obtienen cerca de un 60% más de difusión en las redes, mientras que los mensajes de esperanza reciben menos. Los políticos lo saben y son sistemáticamente más agresivos en las redes que en su actividad ordinaria. El enfado no es, así pues, un simple estado de ánimo; es más bien una estrategia racional en una economía de la atención que premia el antagonismo. Podríamos pensar que si tuviéramos más datos que demostraran la falsedad de ciertas afirmaciones e hiciéramos pedagogía la cosa mejoraría, pero lo que se constata es que las emociones operan por debajo de la información y, a menudo, la sobrescriben.

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Nada de esto es una rareza americana. Las generaciones europeas nacidas después de 1985 se han socializado entre la crisis de 2008, la precariedad en el trabajo y la exclusión de la vivienda. Su experiencia les lleva a pensar en un juego de suma cero: lo que no gano yo lo gana otro, y no hay un espacio intermedio. Sobre esta base opera la política de la rabia, que en Europa se manifiesta con lo que algunos llaman chovinismo del bienestar: la defensa de una redistribución para los de casa, que conlleva un cierre migratorio con más o menos presencia del “nativismo”. Y todo ello se traslada a lecturas territoriales que conocemos bien, con diversos "nos roban" que funcionan en todas direcciones.

¿Cómo podemos salir de esta? No parece que baste con predicar la concordia. Lo que hace falta, antes que nada, es canalizar el conflicto, no negarlo. Si la ira moviliza y la esperanza no mueve preferencias, una democracia que responde a la rabia con una especie de neutralidad tecnocrática cede el monopolio de la emoción a quien la dirige contra chivos expiatorios. Habría que desplazar el antagonismo del eje identitario hacia el eje material, donde hay adversarios reales y compromisos posibles en temas como la vivienda, la fiscalidad o los salarios. Por otra parte, habría que intervenir en los incentivos, no solo en los discursos. Si el algoritmo premia la rabia, el problema es de diseño del mercado, y aquí Europa tiene una palanca en la regulación digital que puede evitar que los sistemas de recomendación no optimicen exclusivamente a los más radicales. Y habría que también restaurar y difundir la experiencia de que no todo se limita a distribuir ganadores y perdedores. En muchos lugares la cooperación se vive y no solo se predica. Ayudar a reforzar estas experiencias cooperativas, estos espacios de esperanza, es imprescindible.

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Debemos recordar, además, que el enfado no es unívocamente destructivo. Este verano hemos vivido, enfadados, lo que es la emergencia climática. La ira de los que no son escuchados puede ser una respuesta racional a una injusticia real. La cuestión no es si nuestras democracias se enfadan, sino contra qué y con qué instituciones. Sin abandonar la esperanza, que también tiene sus virtudes en democracia, ya que nos ayuda a proteger unas instituciones que siguen siendo imprescindibles. Convendría no confundir los dos trabajos, y hacerlos ambos.