Desbordamiento

La Generalitat firma un preacuerdo con los sindicatos que representan la mayoría del sector y, en cambio, una mayoría muy amplia de los docentes que han participado en la consulta lo rechazan. No es la primera vez que ocurre algo similar. En diciembre de 2023 el departamento de Salud llegó a un acuerdo con los sindicatos mayoritarios, también en enfermería, y en cambio hubo una huelga indefinida que se alargó más de 40 días, encabezada por organizaciones que hasta entonces eran muy minoritarias. Las grandes movilizaciones de agricultores de febrero de 2024 no estuvieron encabezadas por el sindicato mayoritario Unió de Pagesos ni ningún otro sindicato agrario, sino por una organización nueva llamada Revolta Pagesa que operaba al margen de la representación establecida.

El problema de fondo que expresan estos casos no es solo del sindicalismo: son síntomas de una crisis más profunda que afecta a nuestras sociedades, y que tendrá efectos inciertos: la crisis de la intermediación política y social. Todas las organizaciones que tienen como misión articular intereses y visiones del mundo e intermediar entre los ciudadanos y las instituciones públicas o privadas están en una crisis profunda. El politólogo español Ignacio Sánchez Cuenca lo señaló de manera muy lúcida en su libro El desorden político (Catarata, 2022), en el que argumentaba que esta crisis de la intermediación "desordena" las democracias.

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El caso más evidente es el de los partidos políticos, que son el mecanismo clave de intermediación en la democracia representativa y hace tiempo que atraviesan una crisis muy profunda. Los síntomas son abundantes y evidentes: los partidos tienen menos militantes que nunca, son la institución que suscita unos niveles más bajos de confianza en las encuestas de opinión y tienen cada vez menos votantes fieles: hay cada vez más gente que cambia el voto entre unas elecciones y las siguientes. Esto hace que los partidos vivan en una especie de Dragon Khan permanente, y que constantemente aparezcan de nuevos, a menudo con irrupciones fulgurantes y vidas efímeras.

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Los medios de comunicación sufren la misma crisis. Si tradicionalmente la gente tenía periódicos (o medios) "de cabecera" que, de alguna manera, articulaban su visión del mundo, hoy las audiencias son mucho más promiscuas. Las redacciones ya no son el filtro que estructura y ordena la información que llega a la ciudadanía: emiten bits de información en un espacio que solo los algoritmos de las redes y el comportamiento de la multitud ordenan de esa manera. De hecho, pasa lo mismo con maestros y profesores, que ya no tenemos nada que se asemeje a un monopolio de la intermediación con el conocimiento: nuestros alumnos tienen muchos canales y herramientas para acceder a los contenidos por su cuenta. Incluso los médicos y médicas se encuentran, cada vez más, con pacientes "empoderados" por la información que han recogido en la red.

Las causas de esta crisis son múltiples. La primera es el cambio tecnológico, que pone a disposición de la ciudadanía fuentes de información directa y mecanismos de coordinación que no tenía hace pocos años. Por otra parte, la gente es cada vez más capaz de procesar esta información y articular sus propias posiciones y demandas. Y, sobre todo, hay un cambio de valores. Principalmente en relación con la autoridad y las jerarquías: muchas de estas instituciones intermediarias se sustentaban sobre el principio de autoridad, que está en crisis.

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Es lógico que ocurra: cuando la intermediación deja de ser imprescindible, la gente ya no está dispuesta a asumir sus costes. Porque la intermediación no es gratis. Los intermediarios casi siempre acaban defendiendo unos intereses que no son exactamente los de los intermediados, sino los suyos.

Sin embargo, lo que no es evidente es que las alternativas a la intermediación clásica sean mejores o más democráticas. La democracia directa y asamblearia puede operar en espacios y momentos concretos, pero tiene problemas de factibilidad para actuar como alternativa estructural en sociedades complejas como la nuestra. Y a menudo acaba generando fuertes desigualdades informales de poder y de influencia. Y las otras alternativas son menos benignas, como los liderazgos carismáticos y autoritarios, que ya sabemos dónde acaban.

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Quizás dentro de unos años la tecnología resolverá este problema y todos tendremos en el teléfono un agente de inteligencia artificial entrenado con nuestras preferencias, y que podrá interactuar, negociar y llegar a decisiones colectivas con las otras inteligencias artificiales. Entonces quizás no haría falta la intermediación. Pero esta utopía —¿o distopía?— es todavía un poco lejana. Mientras tanto, y si no queremos transitar este camino, quizás habrá que pensar alguna alternativa practicable. Porque es en el vacío donde crecen los monstruos.